22 de septiembre de 2026

La cacería "deportiva" y su maldad indescriptible

(The Aryan Path, marzo 1930).

[Henry Stephens Salt nació en India durante 1852. Es conocido como clasicista y literato, autor de libros sobre Thoreau, Shelley u otros, y traductor de Lucrecio y Virgilio. Un público más numeroso, no obstante, lo respeta en calidad de veterano humanista y defensor de los animales oprimidos. Utiliza una pluma enérgica contra cazadores "deportivos," y contó con el mérito de ser secretario honorario de la Liga Humanitaria entre 1891-1920. H.P. Blavatsky escribió: "Pesca, tiro y caza, los más fascinantes de todos los 'entretenimientos' de la vida civilizada, son sin duda los más censurables de acuerdo con la filosofía oculta, los más pecaminosos a ojos de hindúes y budistas, a su vez seguidores de cánones religiosos que fueron resultado directo de la Doctrina Esotérica" ("Have Animals Souls?", Theosophist, enero 1886).-Editores].

Un tópico moderno de gran relevancia es la crueldad de ciertos "deportes", que consisten principalmente en perseguir y matar animales. No se puede decir que el tema es "prematuro" para la consideración pública, pues Locke señaló hace más de doscientos años, en su tratado sobre pedagogía, que debe rectificarse de inmediato cualquier vislumbre de maltrato en los niños hacia animales, y agrega: "La costumbre de torturar y matar bestias endurecerá gradualmente sus corazones, incluso respecto a los hombres; y quienes se deleitan con el sufrimiento y la destrucción de criaturas inferiores, no se mostrarán muy compasivos ni benevolentes con los de su propia especie". Pero en este sentido, la educación presta poca atención a Locke, y si bien desaparecen prácticas como peleas de osos, toros y gallináceas, las que aún existen son lo suficientemente condenables para que su permanencia en el siglo XX parezca "milagrosa".

Mi propósito es compartir reflexiones que sugieren estos "deportes" británicos, pero antes, permitidme aclarar que no soy de esos "sentimentalistas" inocentes, a cuya ignorancia nuestros cazadores suelen atribuir cualquier protesta pública. En mis años jóvenes tuve chances para convertirme en uno de ellos, y la responsabilidad de escoger otra vía recae enteramente sobre mí. Me relacioné con tales personas hasta que fui adulto, aprendí su jerga y observé sus costumbres sin experimentar desgano. Recuerdo en particular una gran caza de ratas y conejos cerca de Shrewsbury, cuando un tío nos llevó -siendo niños en ese periodo- a una granja abandonada donde proliferaban "alimañas", y armados con garrotes y peñascos, pasamos una tarde de diversión exterminándolas. Nuestro único percance fue aquel conejito que, de alguna manera, se desorientó y corría directamente hacia nosotros, sorteando movimentos hasta que logró escapar. "Lo hemos hecho bien, excepto por ese roedor", comentó el tío mientras volvíamos a casa, y ahora, sesenta años después, ¡me alegro de que no lo capturásemos!

También tuve un primo que era excelente tirador, a quien solía acompañar en caminatas llevando su bolso, y admiré la destreza con que lo repletaba; sin embargo, cuando tuve edad suficiente para manejar mi propio rifle, este "deporte" no me atrajo tanto como otros juegos más inofensivos. Incluso una vez oí a mi madre decir sobre mí con una visita: "No, él no es deportista como su padre".

Llegando a la adultez y en lugar de unirme a esa gente "robusta" y "varonil", me convertí en lo que el Shooting Times llama un "aguafiestas" pervertido que se opone a la cacería "porque millones de personas disfrutan con ella", y como secretario de la Liga Humanitaria durante treinta años, tuve mucho que ver con campañas opositoras. Cuando los Royal Buckhounds fueron abolidos, nos centramos principalmente en Eton Beagles, sugiriendo -en medio de iracundos rechazos- que la caza de liebres se convirtiera en actividad de arrastre. Para dicha propuesta nos respaldaron varios particulares como Herbert Spencer, Lord Mortey, Alfred R. Wallace, Thomas Hardy y el vizconde Wolseley. Pero una escuela pública no es lugar donde las viejas instituciones se cambien fácilmente, y los Beagles sobrevivieron a la Liga Humanitaria.

Sin embargo, no fueron en vano nuestros empeños con tal de humanizar el oficio "lúdicro", lo cual queda demostrado por el éxito de la posterior Liga para la Prohibición de Deportes Crueles, fundada hace unos seis años por H.B. Amos, quien logró que la caza de ciervos decayera a tal oprobio que sus impulsores están muy preocupados.

La frágil hermosura del venado atrae mayor empatía hacia sus infortunios, y no tanto en lo que concierne a zorros o nutrias; pero esto era previsible, pues en cualquier reforma el progreso es parcial e intermitente, y no se instaura según lo que dictaría la lógica, sino al tenor de sentimientos. A pesar de ello, no hace falta decir que la erradicación de una costumbre cruel no debe subestimarse, ante el resquicio de encontrar barbaries vigentes.

Dejando a un lado el insulto ridículo de "aguafiestas" contra los humanitarios, el único argumento práctico para cazar ciervos salvajes parece venir de Lord Tavistock: si se suspende, no podríamos asegurar la supervivencia de manadas en distritos como Exmoor, donde los campesinos -debido a mermas de cultivos- son muy ariscos y les matarían, si no fuera por las instituciones que financian su continuidad. Trasladarlos a parques suena como mejor alternativa, pero si bien algunas clases de ciervos se adaptarían bien, otras -las de Exmoor, por ejemplo- deben mantenerse sine qua non en su hábitat original. La otra vía es decidir entre dejar que se extingan dichos animales, o mantenerlos como presas para cazadores, perpetuando asimismo un "deporte" cruel y el daño a la agricultura. Ciertamente, la pérdida natural de una especie tan hermosa constituye el mal menor. Este es uno de los problemas por zanjar, y todo apunta a que se resolverá al modo humanitario; mientras tanto, la controversia sigue en la prensa y otros ámbitos.

Ningún incidente relacionado con cacerías -degollar ciervos, o extraer zorros desde madrigueras para descuartizarlos- causa más repugnancia que el "bautizo de sangre" en niños. Imaginen la portada de un periódico que muestra a un chico con las mejillas empapadas de carmesí, sosteniendo una liebre muerta al tiempo que "damas" y "caballeros" sonríen con aprobación al fondo. Hablo de un caso real, y prefiero omitir los nombres.

Pensar y hablar acerca de tales barbaries, mucho más presenciarlas, debe resultar asqueroso para individuos con sensibilidad normal, pero incluso aquí hay un lado humorístico en el relato verdaderamente encantador que algunos hacen de sus "actos heroicos". Cito de una carta dirigida a una sociedad humanitaria por cierto "instructor", opugnando una protesta de matar cánidos silvestres y "bautizar" novatos:

"A mi parecer, la 'iniciación de sangre' es una costumbre antigua y muy inofensiva, que ojalá persista mucho tiempo más. Cuando era niño lo consideré fascinante, y me sentía un verdadero cazador de zorros. Esta modalidad no es la única en incentivar esa rutina, pues muchos profesores 'inician' a quienes nunca se han apoderado de un ciervo. También es común entre guardabosques practicarlo con otros más jóvenes, respecto al primer urogallo o faisán que consiguen. La abolición de este hábito añadiría otro clavo sobre el ataúd de porfía en Gran Bretaña. El país se está tornando blandengue, y empeorará rápidamente si se fomentan ideas contrarias.

En cuanto a vuestra sugerencia de 'discontinuar la extracción de zorros', digo que es bastante absurda. Hay tantos animales masacrados por cazadores furtivos, que nos complace enormemente rescatarlos nosotros mismos y evitarles una muerte ignominiosa. A nadie le gusta hacerlo, y a mí tampoco, pero es necesario.

Nadie se convertiría en maestro de caza si fuera animalista, así que pueden estar seguros de que jamás se comete crueldad con la aprobación de ningún enseñante o especialista verdaderamente deportivo. Nadie respeta más a los animales que yo, pero mientras tenga perros cazadores, seguiré marcando con sangre a quienes lo deseen, y obtendré un zorro todos los días, si creo que es menester para la práctica en el sector donde vivo".

¡Ahora ya sabemos qué esperar!

Luego tenemos la estupidez de los "deportes" sanguinarios, como hobby para seres "racionales" en una época como la actual. Hace poco vi en diarios la foto de una cacería, con perpetradores y canes agrupados románticamente en primer plano, y detrás la torre de una pintoresca iglesia antigua: ¡todo un escenario paradójico de crueldad y misericordia! Hay también artículos de prensa sobre personas de alta sociedad, que no sólo revelan dónde "cazan", sino los sitios en que "oran". ¿Cómo reconciliar entonces sus gritos de triunfo a campo abierto y "aleluyas"?

Se han presentado quejas, por ambas partes, sobre la forma en que prosigue esta controversia. Los "deportistas" afirman que sus opositores les llaman "necios salvajes", y los humanitarios se oponen (creo que con razón) a términos como "fanáticos" y "aguafiestas". Sin duda, es imperioso evitar descalificaciones innecesarias, con la cortesía a que tienen derecho los involucrados. ¿Y qué decir del comentario por Lord Latymer en su texto "Defence of Hunting", aparecido en el Blackwood's Magazine de mayo? Según él, hay muchos detractores anti-caza "que consideran que infligir dolor en cualquier nivel es un pecado más condenable que el adulterio, mas algunos de ellos parecen tener predilección por el vicio". Este aserto no provino de un idiota anónimo o exaltado, sino alguien conocido en una revista de larga reputación, y cuando pedí al editor que incluyera una respuesta, mi carta fue devuelta "con agradecimientos".

Creo que una de las declaraciones mejores y más concisas sobre el humanitarismo proanimal se encuentra en una pequeña tarjeta impresa, que recibí de un semanario difundido por la Escuela de Artes en Massachusetts. Decía: "Sé amable con los animales, porque tú también eres uno de ellos".

Henry S. Salt
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