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3 de septiembre de 2026

El misticismo occidental y la figura de Jesús

(The Aryan Path, febrero 1930).

[N.del T.: se suprimen y reformulan pleonasmos].

[John Middleton Murry ya fue presentado en nuestro último número, y este artículo vuelve a manifestar su genio constructivo. El enfoque sapiente desapareció en todas las religiones, por causa de su índole divisionista, mientras que debieran constituir factores de unidad como vemos en el Mahabharata. La presente revista tiene entre sus objetivos devolver a los credos el conocimiento que les acendra, y dar origen a una doctrina práctica que involucre disciplina de vida, universal e impersonal. Oriente se halla tan estrechamente vinculado a la historia del misticismo -y se le considera con tanta naturalidad a modo de "cuna de la ciencia espiritual"- que a veces olvidamos que ocultistas, videntes y sabios también florecieron en Occidente. Muchos doctos como Pitágoras, Apolonio y Plotino viajaron a Oriente en busca de Sabiduría, pero recordemos que la disciplina y las experiencias del Alma son siempre sui generis, y nunca dependen de factores externos ni geográficos.-Editores].

Occidente es muy joven, si lo comparamos con Oriente. El pasado que conoce y ausculta nuestra civilización se remonta a sólo 2500 años, y durante casi 2000 su religión ha sido el cristianismo; por lo tanto, es inevitable que en su mayor parte el misticismo occidental tenga sus matices.

No obstante, para quienes sostenemos que el misticismo es la esencia de todas las formas de alta religión, la variante cristiana es sólo una forma particular de aquél, y bella sin duda, que resultó atractiva para muchos espíritus destacados de Occidente. Sin el importe cristiano, la experiencia religiosa del mundo sería más pobre, y tampoco se habría escrito el mejor poema occidental.

Hay tres fuentes principales de misticismo cristiano, de las cuales dos están reconocidas. La explicación tradicional es que deriva del contacto o confluencia del cristianismo primitivo con la doctrina neoplatónica, especialmente de Plotino, pero esta visión es sólo esquemática o académicamente verdadera. La fuente más pródiga viene siendo la enseñanza del propio Jesucristo, uno de los grandes místicos a nivel global. Su discurso sobre la Paternidad de Dios y la absoluta filiación humana a lo Divino, por mucho que haya sido manipulado a través de la teología posterior, ha permanecido como el núcleo vivo del cristianismo. Los primeros versos del Pater Noster contienen para el verdadero seguidor la esencia de su religión. Si dichas palabras son más que una fórmula vacía, y expresan la realidad de convicciones genuinas, entonces descartan el dogma teológico de que era "único Hijo de Dios", tan categóricamente como lo hizo el resto de la enseñanza. En efecto, la proclama "nadie conoce al Padre, excepto el Hijo" no indica ninguna "preeminencia" de Jesús, sino una declaración simple del hecho primordial en la experiencia mística: la consustancialidad del ser humano y Dios que se revela de inmediato, o nunca.

No tenemos aquí mucho espacio para adentrarnos en los detalles de la enseñanza mística de Jesús, si bien las raíces están precisamente allí. El místico cristiano de mayor prestigio (por ejemplo, Eckhart durante el siglo XIV) siempre reexperimenta las palabras del Maestro en su verdad sencilla y palmaria, mantiene relación inmediata con Dios al igual que Cristo, y descubre también que Sus Testimonios son parte de sí mismo. A estos adagios, un verdadero cristiano podría añadir expresiones auténticas, y Eckhart replantea así la consustancialidad: "El ojo con que miro a Dios es el mismo con que Él me ve. Somos una sóla visión, un sólo conocimiento y un sólo amor".

El legado del Nazareno es la gran fuente del misticismo cristiano, pero existe otra. El cristianismo no sólo incluye los preceptos de Jesús, sino además su vida y muerte. Contemplar la belleza y perfección de su Ministerio que culminó en la cruz, y discurrir sobre lo que la filosofía llama el "problema del dolor" en toda su desnudez, ha sido para incontables generaciones de acólitos serios el camino hacia el conocimiento superior. La idea de que Jesús vive a pesar de su fracaso, y más exactamente por culpa de ello, es el motivo de creer en su "reaparición física", la patraña medular del cristianismo. El Maestro revive eternamente en las almas cristianas verídicas, y esa experiencia moldeó el soporte del aflato en San Pablo, los "ejercicios espirituales" de múltiples congregaciones y la homilía del obispo Lancelot Andrewes:

"Contempladle hasta que Él nos mire de nuevo, porque así lo hará. ¿Y cómo sabremos si Cristo nos respeta? En verdad, al fijar nuestra meditación en Aquél que fue traspasado -cual si estuviéramos con pena y Él con el amor que le rebasó-, encontramos que por ambos, o uno de ellos, surge en nuestros corazones un impulso de gracia: la consideración de su padecimiento nos atraviesa de quebranto, y al pensar en Su amor nos traspasamos de nuevo con afecto mutuo. Al comienzo, estas sensaciones vendrán de manera imperfecta, pero luego serán más hondas, y las de algunos exhiben una potencia que nadie más conocerá".

El misticismo de Cristo y el dogma ulterior son muy diferentes, pero no del todo incompatibles, y es probable que nadie entienda las características verdaderas por separado, pues no comprenderemos la perfección del amor de Jesús excepto mediante Su enseñanza.

A menos que las antedichas vertientes se reconozcan y distingan con claridad, existe el peligro de sobreestimar la tercera, a saber, el misticismo griego que influye en la línea cristiana principalmente a través de Dionisio el Areopagita (probablemente un monje sirio del siglo V), y que le llegó por vía de Plotino desde Platón. La novedad no era tanto una sabiduría mística en sí, abundante en el cristianismo desde los primeros tiempos en cuanto sistema filosófico: una teoría y técnica de la experiencia análoga donde no hay nada distintivamente cristiano. Encontramos esto en Clemente de Alejandría, quien en sus Stromata describe la adquisición del conocimiento de Dios:

"Yendo por análisis hacia la Primera Inteligencia, quitando profundidad, anchura, longitud y posición; dejando una mónada, y luego abstrayendo todo lo físico, si nos entregamos a la inmensidad de Cristo, y desde allí avanzamos por la beatitud hacia Su Inmensidad, de algún modo entraremos en el conocimiento del Todopoderoso, reconociendo no lo que es, sino lo que no es".

Aquí se formula claramente el via negationis (siglo III), familiar para el misticismo filosófico en todo el mundo. Clemente de Alejandría fue maestro de Orígenes, quien sostuvo la realidad y necesidad de un credo esotérico, y respaldó su argumento apelando al ejemplo de persas e indios. Podemos afirmar que ambos estaban conscientes del cristianismo en cuanto variedad de una religión universal, oculta y mística. Unen sus fuerzas con mucha espontaneidad a lo largo de 1500 años con el poeta John Keats, quien tras describir al mundo como "un valle de formación de almas", continúa:

"Creo factible que este proceso originante de almas haya concebido todos los planes de redención más notorios y personales entre zoroastristas, cristianos e hindúes. Así como una parte de la especie humana debe lucir su Júpiter inscrito a fuego, otra detentaría Salvadores palpables e inequívocos, ya sean Cristo, Oromanes o Visnú".

Probablemente la gran ofrenda de los neoplatónicos griegos al misticismo cristiano fue el despertar, en quienes lo recibieron, del sentido empirista acerca de una religión universal y el cristianismo, cual forma de ésta última entre varias. Su carácter inevitable aparece al considerar el siguiente extracto por Dionisio el Areopagita, quien influyó en la mística cristiana durante su período de esplendor (siglos XIII y XIV) y más que ningún otro personaje:

"Y tú, querido Timoteo, en tu práctica diligente de contemplaciones, deja atrás tus sentidos y operaciones intelectuales, y todas las cosas que son conocidas por ellos, y todas las cosas que son y no son; dispónte, en la medida de lo posible, a unirte en desconocimiento con Aquél que está por sobre todo ser y todo conocimiento, porque siendo puramente libre y absoluto, fuera de ti mismo y de todas las cosas, serás conducido hasta el rayo de la oscuridad divina, despojado de todo".

Dionisio era monje, pero nada hay específicamente cristiano en el fragmento. Sin embargo, para el religioso del Medioevo, los textos de aquél poseían una autoridad equivalente a las propias Escrituras. Eckhart se sumergía en sus obras, cita a San Dionisio con la misma reverencia que el Cuarto Evangelio, y en él encontramos la armonía más perfecta de los diversos elementos que compusieron el misticismo cristiano. Es constante, pero nunca inverosímil, su empleo de frases atributivas y sacras de la piedad cristiana. Si las utilizó de maneras novedosas, entonces así penetraba en la profundidad de su significado espiritual.

Para Eckhart, la generación del Hijo por parte de Dios es un acto eterno, perpetuamente renovado en el alma humana; en rigor, procurarse de ésta última es idéntico a la creación divina del Hijo en nosotros: "Quien permanece siempre en un Ahora, en él Dios engendra a su Hijo de forma incesante". Sería casi una estupidez dilucidar el trasfondo de un concepto tan preciso. Podemos contentarnos con señalar cuán estrechamente se vincula el misticismo cristiano más sublime con el estilo de Goethe. He aquí la doctrina del pensador alemán sobre el "momento perdurable" que se desveló por alcanzar, donde el carácter finito de la vida se convierte en el instrumento puro del Ser que está más allá de la existencia.

Se podría recurrir a muchas citas para ilustrar la riqueza y universalidad del misticismo cristiano. Eckhart agrega: "Hay una fuerza en el alma, e incluso algo más; es tan puro, elevado y noble en sí, que ninguna criatura es capaz de asimilarle, y sólo Dios puede morar allí. Ni siquiera Él lo aprehende con una forma; sólo puede venir con su simple naturaleza divina (...). ¿Cómo llegamos a ser hijos de Dios? Al tener una misma naturaleza con Él. Pero cualquier comprensión de esto es subjetiva, no un conocimiento objetivo. La conciencia interior llega hasta el quid del alma. No es que sea el alma misma, sino que está arraigada allí, y hasta cierto punto es la vida intelectual del alma, donde el hombre nace a la vida eterna como hijo de Dios, pues dicha sabiduría es atemporal, inextensiva, sin un aquí ni ahora. En esta vida todo es lo mismo; todo se encuentra en todo, y está expiado". Y en otra parte remata: "Sostengo que no podemos devenir sabios sin sabiduría, como tampoco ser Hijo sin la naturaleza filial del Hijo de Dios, sin tener su misma esencia".

No sorprende que Eckhart, el más puro, sutil y sencillo de todos los grandes cristianos, fuera condenado después de su muerte por cargos de "herejía", mas cualquier estudioso paciente comprobará que él representó la verdadera doctrina de Jesús. La “buena nueva” predicada en Galilea decía que era posible y necesario que toda persona se supiera consustancial con Dios, precisamente de igual manera y certidumbre con que el Nazareno llegó a serlo respecto a su Padre.

Esta experiencia inmediata de la verdad por Eckhart regresa una y otra vez en la historia del misticismo cristiano, y naturalmente corre peligro continuo de ser repudiada, al tener pocas opciones de armonizarla con cualquier forma ortodoxa. La noción del “Cristo que mora en nosotros” es teóricamente legítima, pero los obstáculos son de tal gravidez que un místico profundo siempre debe apartarles. Para él, es inevitable equiparar a Jesús con Buda, siendo Ellos los guías más venerados del mundo, y sus relaciones con Dios también son susceptibles de lograrse por cualquier individuo que manifieste poder, voluntad y amor. En un tratamiento más detallado, sería necesario distinguir entre Jesús (carácter histórico) y Cristo (potencialidad eterna del Espíritu humano).

Quizá por esta circunstancia, desde el siglo XVII -cuando aparecieron los efectos del Renacimiento y la Reforma- ha venido sucediendo un declive notorio del misticismo cristiano. Al principio encontró refugio en sectas protestantes como los cuáqueros, al menos con su doctrina de "luz interior", que empero no les ayudó a salir de su extremismo y otros defectos. De ahí en adelante las musas hablaron a poetas y filósofos: Spinoza, Novalis, Goethe, Wordsworth, Blake, Coleridge, Shelley o Keats; y hoy, los muchos "profetas" en rebelión contra la moda horrenda e inepta del materialismo científico que domina el siglo XX.

Los ropajes del misticismo cristiano son diversos, y el tiempo decidirá si esto es señal de fortaleza o caída. Muchos recuerdan con nostalgia la época en que el cristianismo católico era la verdadera religión de Occidente y comprendía una mística desarrollada, aunque con ciertas pugnas. No compartiría semejantes añoranzas, pero simpatizo con su fondo. Creo que el porvenir religioso occidental descansaría en un cristianismo consciente como una entre muchas alfaguaras del Conocimiento Universal, sin atribuirse "rasgos infalibles", y muy pocos occidentales lo ven así, fuera de sus limes católicos. Tal vez llegue pronto el día en que más personas vislumbren la Verdad, abandonando instituciones decaídas y reuniendo coraje para proclamarla, de acuerdo al ejemplo de Eckhart:

"Quien crea seguir a Dios bajo formas concretas, se perderá de encontrarlo en su corazón; pero al buscarle sin ninguna apariencia particular, se aferra a Él tal como es y 'vive con el Hijo' para convertirse en la Vida misma. Podríamos preguntarle a ella durante mil años '¿por qué vives?', y diría 'vivo porque vivo', al brotar de sí misma, sin causa. Y si alguien cuestionara a un hombre honesto que cultiva su propia tierra '¿por qué laboras?', él también respondería con la verdad: 'trabajo porque trabajo'".

John Middleton Murry


Apéndice. En pseudoteosofía, Jesús y Cristo son personas diferentes, y se combinan en la supuesta aparición del Mesías carnal 100 años antes de nuestra Era, lo cual es contrario a las enseñanzas de H.P. Blavatsky y los Mahatmas. En noviembre de 1887 ella publicó en Lucifer el artículo "The Esoteric Character of the Gospels", e incluimos el siguiente extracto (Eds.):

"La 'venida de Cristo' significa su presencia en un mundo reconstituido, y de ninguna manera la llegada 'corpórea' de Jesús. No debe buscarse en desiertos, cámaras interiores, santuarios, iglesias ni templos, pues Cristo -el verdadero Salvador esotérico- no es un hombre, sino el PRINCIPIO DIVINO en todo ser. Tiene a Jesús vivo todo quien se esfuerza por resucitar al Espíritu crucificado en él por sus pasiones mundanas, escondiéndolo en el sepulcro de la carne perdularia, y se empeña por retirar la piedra (Materia) del acceso al santuario interno. El 'Hijo del Hombre' no es nacido de una madre carnal, sino de la 'mujer libre' (Espíritu), de los propios actos humanos y fruto de su trabajo espiritual (...). Los teósofos nunca dicen que Cristo está 'aquí' o 'allá', en desiertos o ciudades, y menos aún cámaras situadas tras los altares de iglesias modernas. Los verdaderos paganos o creyentes de nacimiento se rehúsan a degradar así el ideal más puro y grandioso (...) el Espíritu Divino e inmortal en el hombre, llámese Horus, Krishna, Buda o Cristo. Y ninguno de ellos se presentó como tal".
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Pseudomisticismo y ciencia moderna

(The Aryan Path, enero 1930).

[John Middleton Murry es uno de los literatos más distinguidos de Inglaterra. Como editor, trabajó para The Atheneum (1919-1921) y The New Adelphi, con una gran reputación en esos círculos de lectores eclécticos, conocedores de lo mejor y más fino de la crítica moderna. Durante cuatro años fue revisor del Times Literary Supplement, y también perteneció al Departamento de Inteligencia Política del Ministerio de Guerra entre 1916-1919, para luego asumir el puesto de censor jefe. Es autor de obras como Fyodor Dostoevsky, Keats and Shakespeare, Life of Jesus y Times to Come, éste último aparecido en 1928, y recientemente God: Being an Introduction to the Science of Metabiology.

A lo largo de muchos siglos, el antropomorfismo brutal de las religiones viene constituyendo un impedimento para cultivar la vida interior del Alma; ahora, un nuevo peligro amenaza al Movimiento Teosófico que ha sido campeón de ese concepto práctico en todas partes, a saber, el comportamiento presumido de la ciencia moderna, frente al colapso de su estructura materialista y el avance en conexión con las ideas de Alma, Espíritu o Deidad. Si bien nos complace ver autoridades científicas reconocidas adoptando un interés paulatino por el mundo oculto, decimos con Murry: "El verdadero misticismo no necesita que le den cabida en la ciencia o cualquier otra forma de conocimiento humano". Si sustituyéramos la palabra "Teosofía" por "misticismo", este espléndido artículo representaría nuestras opiniones tanto en la letra como en su espíritu.-Editores].

Previo a fundamentar una acusación de falso misticismo, necesitamos elaborar una idea clara del verdadero sentido.

En esencia, el misticismo es una convicción acerca de la Unidad Omnipresente y abarcadora. El Universo es un todo, y resulta obvio para todos los modos de cognición intelectual que dicha certeza puede ser sólo una hipótesis. El acto de conocer implica antagonismo y separación entre el conocedor y lo conocido; por lo tanto, desde una Unidad omnipresente e inclusiva no puede existir conocimiento intelectual, y viceversa.

El misticismo propugna y subraya que la Unidad no se conoce, sino se manifiesta en experiencias inmediatas, que a su vez han sido tales cuando llegan a su fin. Se contiende que la autoexperiencia del Uno Omnipresente es única e inefable, dispar in toto de cualquier tipo de cognición intelectual, y dada en tesituras que excluyen toda clase de dicho conocimiento. Esta vivencia se halla completamente a salvo de críticas lógicas, que bien pueden aplicarse a interpretaciones "cerebrales", pero nunca establecen nexos con la experiencia misma.

Es evidente que la convicción de un Todo Ubicuo, ofrecida en la experiencia mística, se opone radicalmente a las "bogas" de dualismo religioso o filosófico. La Unidad Real no puede serlo a medias. Mente y materia, bien y mal, parecen muy disímiles en nuestra vida práctica, pero las distinciones no pueden ser absolutas. Son diferencias necesariamente establecidas en la Unidad por las existencias individuales, con la prerrogativa del conocimiento intelectual. Quienes creen en la Unidad última del misticismo no suponen que la existencia particular sea un "defecto", aunque un matiz de esa opinión es perceptible tanto en corrientes platonistas como en el budismo. También es consecuente con las premisas del misticismo afirmar que la existencia individual es un medio forzoso para la autoexplicación y autoconciencia del Uno. Con vistas a que la Unidad esté consciente de sí misma, necesita la mente individual y desarrollarla hasta el punto de reconocer que sus perspectivas intelectuales e ineludibles son sólo eso. Cuando una existencia circunscrita percibe las propias condiciones, y una mente finita asume los contextos de su funcionamiento, toda vez que dichas circunstancias no se ven como "pesadas" ni "opresivas" -sino simplemente necesarias-, entonces el camino del Uno hacia esta existencia particular se despeja de obstáculos, y el intelecto deja de reclamar una soberanía a la que no tiene ningún derecho.

Dado que el misticismo es irreconciliable con posturas dualistas, tenemos una forma breve de plantear las afirmaciones hechas por científicos modernos de que su visión del mundo "deja espacio para lo místico". Antes de agradecer el beneplácito, debemos preguntarnos a qué clase de religiosidad apuntan. Si es dualista, no es misticismo, sino un intento subrepticio de reimponer bajo ese nombre los credos dualistas de que la mente occidental lucha dolorosamente por liberarse.

En este breve espacio, el autor no puede citar extensamente a defensores científicos modernos del misticismo, como los profesores Eddington y Haldane, pero de ambos es cierto que sus ideas señalan encuadres morales. Dice Haldane que el mundo empírico es "el ámbito espiritual de los valores", y sin discutir si la afirmación es verdadera o tiene algún significado, podemos aseverar que dicho misticismo no es tal en absoluto. En su acepción genuina, éste último no conoce un "reino espiritual" distinto a otro "material" o "de hechos". La Unidad del misticismo auténtico no es el Bien, ni la Verdad, ni la Belleza, sino sólamente el Uno. Y en Ello, lo Malo, Falso y Feo existen tanto como aquel trío. Todos ellos por igual, para lo verdaderamente místico, son apariencias en cierto nivel. La bondad de lo bueno es su elemento aparente, pues le llamamos así sólo en la medida en que, de manera obvia o recóndita, promueve la energía propulsora fundamental de algunas existencias humanas individuales. Lo mismo aplica a la ruindad de lo malo, porque sólo su mera existencia física es real.

El misticismo puro está más allá del bien y el mal; ergo, es falsa toda doctrina que se autoconvenza o imponga a los demás de que "la Unidad es buena". Lo genuinamente místico ni por mientes desea proyectar sus condiciones personales a lo Único, porque no es lo que "nos gusta", sino Aquéllo a lo que pertenecemos nosotros y los gobernantes mortales. No podemos negociar con Ello ni proponerle nada, y el místico sublime no quiere hacerlo. Esto es lo que al falso misticismo le resulta imposible comprender, pues se reformaría si asimilara que el religioso competente no codicia que el Uno sea lo que "le acomoda".

El misticismo, sea cual sea la manera en que lo transitemos, exige despojarnos de nuestras personalidades. Cierto es que renunciamos a ellas sólo para recibirlas de nuevo [Karma/Reencarnación], mas la personalidad remozada no es la que entregamos. Ya no somos "entidades que aman, piensan u obran", sino Aquéllo que ejecuta esos actos o emociones en nuestro fuero interno. Y tras el nuevo nacimiento, dicha índole rejuvenecida no se parece en nada a la pretérita.

Ese rasgo impersonal no puede exigir ni desear que califiquen sólamente las características que "gustan" a la Unidad. El mero concepto de tal exclusivismo es insólito, remoto y fantástico, pues a lo Impersonal no le agradan las cosas del mismo modo que al humano finito o animalesco. Está desprendido de ellas, sabe que su Ser no depende del influjo que tengan, y sus afectos hacia las mismas son desinteresados. Por ende, el misticismo real no escucha el clamor maniático de que "lo amado sea eterno", ni los angustiosos recursos con que se pretenden lograr "respuestas" a esa llantina.

En otras palabras, la refrenda de ideales humanos no es asunto del misticismo genuino, con la gran y trascendente excepción del ideal de Unidad. Lo realmente místico afirma que este anhelo es cierto, y tiene experiencia directa de su realidad; y precisamente por ello, ningún otro propósito puede ser auténtico.

Ahora bien, el "misticismo" al que la ciencia moderna busca dar importancia -a través de algunos expositores principales- es simplemente un "bastanteo" de ambiciones o sueños humanos, y por ello, falibles. Dado que éstos nunca son completos (o de lo contrario no valdría la pena perseguirlos), su validación implica perpetuar el dualismo. En ese contexto, las ideas de Bien, Espíritu y "deber ser" son reales, pero no el mal, la materia o el "ser" (1). Son muy infantiles los argumentos que esgrimen para exaltar esas preferencias: verbigracia, dado que las ciencias exactas no nos dan una imagen de la realidad, algo más debe hacerlo. No es seguro; pero incluso si lo fuera, no hay fundamento alguno para suponer que las elecciones morales de un científico europeo y civilizado proporcionen el cuadro que necesitamos.

[(1) N.del T.: recuérdese el aforismo budista: "Lo único permanente en la vida material es el cambio"].

No estamos diciendo que esas predilecciones sean "fútiles". La alternativa no es entre "nulidad" y "omnipotencia", y esta clase de dilema que mortifica tanto a "credos" como "ciencias" es simplemente ignorada por el misticismo. La preferencia humana por el Bien, como todo lo demás, es para el místico una forma tomada por el Uno. Eso existe, y el tema central es que la persona en quien Ello rebosa verdadera y fuertemente no busca que se valide. Para un individuo así, y en él, existe por derecho propio. El Bien no sería más deseable si se demostrara que es la única realidad. Spinoza escribió: "Quien verdaderamente ama a Dios, no puede esforzarse para que Él lo ame a cambio". La urgencia de que los ideales finitos tengan validez fuera del ser humano, en quien son tan fehacientes como sus propias manos, es un conato pueril de que el "Padre Celestial lo quiera en recompensa".

El verdadero misticismo no necesita lugar en la ciencia ni otras formas de conocimiento humano. Jamás ocupará el espacio que ellos podrían abarcar, pues no existe en la misma dimensión o plano. Tampoco es una alternativa ni chance, sino la simple verdad que está al fondo de toda existencia. Es una certeza adquirida mediante el esfuerzo del autoconocimiento; se trata de descubrir de que cuando el Ser se conoce verdaderamente, no hay otro al que salir a su encuentro, y sólo entonces adviene la Unidad.

John Middleton Murry
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