(NOTA: la totalidad de artículos estará disponible en breve).
Mostrando entradas con la etiqueta Hedonismo patológico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hedonismo patológico. Mostrar todas las entradas

3 de septiembre de 2026

El flagelo de la inquietud

(The Aryan Path, febrero 1930).

[Marie Dugard es la célebre traductora al francés de las obras por Emerson, y autora de numerosos escritos originales. Hoy en plena tercera edad, tuvo una larga trayectoria docente en el Lycée Molière (París) donde formó a cientos de mujeres compatriotas. Sus amigos la describen a fuer de "espíritu raro y solitario" que se esfuerza por practicar lo que predica y admira en las enseñanzas de otros. Es enemiga de la hipocresía, y posee al mismo tiempo un ánimo tolerante y afectuoso que le hace mantener su pleno vigor intelectual. En este artículo expresa hondos sentimientos teosóficos, y nos complace tener su colaboración, estando aún inmersa en el servicio altruista y la filosofía desapegada hacia eventos e ideas.-Editores].

En la Revue des Deux Mondes, y analizando el espíritu literario, André Berge describe la "inquietud" entre sus principales características, y tiene toda la razón. Léanse las obras de escritores jóvenes, los títulos de libros publicados durante la última década (La juventud inquieta por Jean Hermelin, La inquietud humana, El alma inquieta, etc.), y veremos que el supradicho aspecto es un rasgo inequívoco de la mente actual.

Algunos dirán: "¿Por qué prestar atención a un fenómeno temporal? Es resultado de la guerra, una consecuencia inevitable del desorden y las dificultades materiales en que nuestro mundo se precipitó por la catástrofe de 1914; pero aguardemos el repunte económico, y la tranquilidad regresará por sí sola”. La explicación parece cierta, mas falla cuando se aborda in extenso. El mundo occidental no esperó hasta 1914 para trepidar con invasiones, cataclismos, insurgencias y la caída de imperios. En todas las eras, y particularmente el Romanticismo, hubo y habrá incertidumbre, esperanzas perdidas o angustias; pero incluso bajo épocas lúgubres, el espíritu de inquietud jamás estuvo tan repartido en la literatura como hoy.

Es menester subrayar que en el pasado los individuos siempre contaron con refugios morales contra las vicisitudes del destino. Criaturas de un día, y arrastradas por corrientes de fenómenos, tan pronto como despertaron a la vida consciente, aspiraron a lo perdurable y encontraron lugar en el Absoluto. Al principio estaba en el "Cielo"; por supuesto, no lo concibieron con muchas virtudes, y pasaron milenios antes que fuera accesible la idea sobre un Dios de Amor y Perfección, como el Padre de los Evangelios. La fe en una autoridad divina, cuya asistencia obteníamos en condiciones especiales, fue un baluarte moral sólido y ayudó a mantener cierta solaz psicológica. A pesar de ello, es bien conocida la historia espiritual de muchos personajes en Occidente. Al haber conectado de tropel al Absoluto con formas metafísicas obsoletas o teorías pseudocientíficas que el intelecto no podía admitir sin negarse a sí mismo, llegó un día en que perdieron su asidero y quedaron sin fe religiosa, o reducidas a una fórmula que estaba en su pensamiento cual caput mortum.

Entonces, con tal de satisfacer su instintiva e invencible necesidad de lo Absoluto, recurrieron a la ciencia. De esta nueva doncella que parecía omnipotente, lo esperaban todo: explicaciones a misterios del Universo, reglas organizadoras del mundo, y principios que ofrecieran paz y bonanza. La ciencia, decía Berthelot, "reivindica la dirección material, intelectual y valórica de la sociedad". Víctor Hugo pensaba lo mismo, al decir que la función de dicho campo consistía en mejorar la humanidad y hacerla feliz: "El ideal contemporáneo tiene su modelo en el arte, y sus medios los posee la ciencia. Mediante ésta última se hará realidad la belleza social, el sueño de los poetas. El Edén será creado de nuevo por A más B".

Sin embargo, los científicos rápidamente declinaron una tarea que estaba más allá de su poder. Lejos de aspirar a ser absolutos, racionalizar el Universo y gobernar la sociedad, alegaban que su oficio era sólo estudiar fenómenos, ya sea para definirlos y clasificarlos, o encontrar la relación de causas-efectos con miras a instituir leyes. Además, los sabios enseñaron que, exceptuando en matemáticas, las definiciones son mutables y los considerandos no incluían de ninguna manera lo Absoluto. "No son más que verdades fragmentarias y temporales, necesarias como pasos en que nos detenemos para progresar en la investigación", escribió Claude Bernard. "No representan más que el estado real de nuestro conocimiento, y deben modificarse de acuerdo con el desarrollo de la ciencia". Tan general es este carácter de la relatividad, que incluso en una disciplina exacta los matemáticos admiten que sus principios no son más que "convenciones" e implican valor relativo.

“¿Las leyes científicas siempre están sujetas a revisión? Pues bien, que así sea. Al menos, nadie puede negar que sus resultados permanecen firmes, crean seguridad e inspiran una confianza incuestionable en el progreso. En ausencia de 'Dios' y la verdad absoluta, es un consuelo presenciar el temple de nuestra civilización científica, con sus poderes benéficos cada vez mayores". Tal era el optimismo de muchos en los albores del siglo XX. Pero llegó la masacre, y entre ruinas ardientes, cañonazos y silbidos de proyectiles, escucharon la desalentadora sentencia: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. Insistiendo en ello, Paul Valéry recordó que como Elam, Nínive y Babilonia son hoy palabras vagas y hermosas, puede llegar el momento en que Rusia, Francia y Gran Bretaña no sean más que nombres caducos: "(...) el abismo de la historia es lo suficientemente grande para todo el mundo. Sentimos que una civilización es tan frágil como una vida”.

¿No puede el ser humano depender de sí mismo? ¿No puede confiar en una conciencia interna o noción del deber, que en períodos difíciles era la fortaleza de almas estoicas? Por desgracia, la sociología y psicología también hicieron añicos esta salvaguardia. La primera sostiene que la ley moral, con su "imperativo categórico" que dio a Kant el sentimiento de lo eterno e inamovible, es una "creación lenta de las sociedades", siguiendo sus vericuetos y arrastradas mediante fuerzas de cambio. Por otro lado, en la personalidad consciente, la psicología no sólo descubre varios "seres superpuestos", sino además observa miles de fenómenos bizantinos: recuerdos indefinidos, ideas, sentimientos o deseos que manejan la voluntad individual, como espectáculos de marionetas dirigidas con hilos invisibles. Incapaz de aprehender su verdadera personalidad en medio de sus "yoes" heterogéneos y la multitud de sucesos en el abismo del inconsciente, el ciudadano se autocontempla cual serie de anhelos e inclinaciones, un torbellino de incoherencias donde no encuentra nada a lo que aferrarse.

A guisa de marineros que sin ancla, brújula ni piloto dejan el barco a la deriva, muchos académicos se rinden al subjetivismo ultramaterialista, negando otras realidades o sin saber cómo alcanzarlas. Se les puede aplicar un pasaje de Víctor Hugo: "Viven según el día, de un pensamiento a otro, sin ninguna regla trazada en lo profundo de su deseo (...). No se percibe un verdadero fundamento vital en la idea que siguen hoy. Y para sus corazones cansados, el amor no debe conocer amarguras, el pasado se desliga de raíces, y tampoco hay flores que embellezcan el futuro". Tal es el motivo de la inquietud que a menudo invade la literatura moderna.

Es penoso entender cómo algunos lo consideran una mera cuestión de "dificultades políticas o financieras", e incluso "modas" y "temperamentos": un nerviosismo casi esnobista que ve en la inquietud una especie de "sufrimiento aristocrático", decepciones literarias o sentimentales, la ruptura de hábitos hipercríticos o hipersinceros, etc. Obviamente, no pretendemos que ninguno de esos factores contribuya a la inquietud mental, pero son causas secundarias, cuya importancia, debido a la falta de realidades superiores, disminuye a medida que progresa en nosotros la intuición de lo Absoluto. La consecuencia de este diagnóstico erróneo se manifiesta en la publicidad de evasiones como fanatismos deportivos, viajes, la ausencia cursi de avidez, trabajos intensos y febriles, o la búsqueda de entretenimientos vacuos y comodidades materiales. De hecho, estos medios falaces representan "paz moral" a los ojos de millones, pero no les alivian la indiferencia, las excitaciones, los juegos, el trabajo extremo y la prisa por el dinero. Los modernos "advenedizos" descubren pronto que los automóviles a 180 kilómetros por hora, collares de perlas orientales y otros placeres efímeros no son consuelo para el alma. Claro que no les gusta mostrar decepciones y problemas internos; al contrario, se muestran tan seguros que engañan incluso a sus amigos. Hay momentos en que el silencio habla por ellos, y el observador detecta la máscara que se ponen para disimular su insatisfacción e imprudencia.

Contra semejante inquietud moderna, no existe otro camino que restaurar la idea de lo Absoluto. Y desde luego, es una tarea difícil. Respecto a quienes dudan de toda realidad, especialmente la metafísica, es necesario apelar a la facultad intuitiva que capta las cosas en sí mismas, o su esencia. Pero en la mayor parte del mundo occidental, el poder intuitivo siempre ha sido ignorado, si no abatido, en favor de un supuesto "mayor beneficio" del conocimiento intelectual. Tan completa es la victoria de uno a expensas del otro, y tan enfermo está el sentido de intuición, que creer en una Realidad suprasensible y asimilada directamente por el Alma parece a muchos un concepto "fantasioso" que raya en "locura mística".

El primer paso es mostrar a quienes rechazan lo Absoluto por temor a ser engañados a través de la "intuición" u otro término similar, que precisamente se desvían como consecuencia de este repudio. La Realidad carece de certidumbre y será todo espejismo verborreico mientras se perciba desde fuera, o sólo por vía del entendimiento, incluso basándonos en pruebas auténticas y expresado bajo cánones perfectos. Lo Inexpresable debe experimentarse a partir del interior, y no basta con penetrar intuitivamente hasta su núcleo: para conocerle, la persona tendrá que buscar su Esencia.

También es necesario convencer a las mentes modernas de que, si bien el conocimiento obtenido por métodos intuitivos no apunta a "toda la Realidad", es sin embargo, como explica Bergson, "absoluto" en el sentido de ser conocimiento de Aquéllo. Por supuesto, se trata de una idea limitada, pero nunca sinónima de "tornadiza". Una "sabiduría" voluble modifica la naturaleza de su objeto; la de clase limitada capta sólo una parte de él, sin sumar alteraciones. Evidentemente, nadie abarca la realidad o verdad totales -el Absoluto mismo-, cuya infinitud siempre estará fuera del alcance de nuestra mente, mas por la intuición puede probar su existencia, tener nociones directas y conocimiento absoluto en cierto sentido, ya que la mente coincide con su objeto. Este principio es base de todas las filosofías intuitivas cuando dicen que "conocer algo significa convertirse en ello de algún modo".

Por último, aunque no menos importante, la aprehensión del Absoluto está sujeta a condiciones especiales. Creer que podemos conocerle mientras se vive en esos pantanos donde jugamos con el conocimiento, el arte o la literatura, o preocupándonos por éxitos y desempachos materiales, sería como fingir ver el Sol cerrando los ojos. La Realidad se percibe sólo en proporción a la pureza conductual en quienes tratan de asimilarle.

Algunos reclamarán: "¿No estamos ahora, como observó Montagne, 'en la rueca'? ¿No estamos razonando en 'círculos'?" Es decir, que para disfrutar de paz mental, debemos regresar al Absoluto, y a fin de reencontrarlo es necesario poseer esta vida superior y tranquila que sólo proviene de Aquéllo. Teóricamente, el razonamiento parece incontestable. En realidad, no tiene más validez que la negativa de un convaleciente a caminar para recuperarse, alegando "no tener fuerzas". Lo que se sugiere no son intentos excesivos a las propias posibilidades, ni logros inmediatos en la búsqueda, sino dirigir nuestros pasos hacia el Absoluto.

El progreso puede ser lento, y las caídas, sucesivas. A menudo tendremos agobios, tal vez nunca antes experimentados, como la autocondena por desperdiciar voluntad y tiempo en la lucha por adquisiciones egoístas de relatividades, o arrepentimientos de no haber sido más capaces de hacer que la verdad intelectual y moral llegue a más instituciones. Pero no importa, pues tales penas son fructíferas. Al contemplar el Universo a la luz del Absoluto, percibiendo desde entonces la naturaleza o valía reales de los objetos, nuestra especie aprenderá a situar cada cosa en su instante, creando mayor armonía dentro y fuera de sí misma al renunciar a divisiones lucrativas. Y si alguien cae exhausto en el camino, antes de entrar en la Tierra Prometida, al menos estará seguro (a) de continuar el sendero que lleva a la Realidad Suprema. Basta con vivir y morir acompañados por una mente libre de toda inquietud.

Marie Dugard


"Partiendo sin mácula en el largo viaje, descendiendo más en la materia pecadora, y habiéndose relacionado con cada uno de los átomos del Espacio visible, el Peregrino (tras luchar y sufrir en cada una de las formas de vida y existencia), tan sólo en el fondo del valle de materia, y a la mitad de su ciclo, es cuando llega a identificarse con la humanidad colectiva, que fabricó según su propia imagen. A fin de obtener las alturas y llegar hasta su patria, ahora el 'Dios' tiene que recorrer el trayecto fatigoso y escarpado del Gólgota de la Vida. Es el martirio de la existencia consciente de sí misma. Como Vishvakarman, tiene que sacrificarse a sí mismo para redimir a todas las criaturas y resucitarles a la Vida Única. Entonces llega al cielo y reina incondicionalmente, sumido en la incomprensible Existencia y Bienaventuranza absolutas del Paranirvana; desde ahí volverá a descender en el próximo 'advenimiento' que espera un sector de la humanidad, según su letra muerta (...) y otro como el último Avatar Kalki" (H.P. Blavatsky, La Doctrina Secreta, vol. 1, p. 268).
Donar

Lo que tienen las religiones orientales para ofrecer a Occidente

(The Aryan Path, enero 1930).

[El nombre de C.E.M. Joad aparece quizás con mayor frecuencia en los principales periódicos y revistas londinenses, ya que goza de gran estima como autor y conferenciante. Fue becario John Locke de Filosofía Moral en la Universidad de Oxford (1914) y hoy está vinculado a la Universidad de Londres. Las contribuciones periodísticas incluyen sus libros-ensayo Common Sense Philosophy, Mind and Matter, The Mind and Its Workings, The Future of Life y The Great Philosopher, ampliamente leídos y debatidos por la intelectualidad británica.

Nos complace publicar el siguiente artículo, y coincidimos con el sugestivo mensaje central: Occidente, harto de sus propias ideas y esfuerzos vitales, debería volverse hacia Oriente. El fiasco de su civilización en el plano moral, referido por Joad, fue descrito por los Maestros teosóficos hace cincuenta años. Uno de ellos declaró en 1881: "El mundo entero, y en especial la cristiandad, demostraron ser un desastre, abandonados durante 2000 años al régimen de un Dios personal, así como a sus sistemas políticos y sociales fundamentados en esa idea (...). Enseñemos al pueblo que la vida en esta Tierra, incluso la más feliz, no es más que una carga e ilusión; que nuestro juez y la salvación en vidas futuras sólo se encuentran en el Karma, las causas que producen efectos, y la gran lucha por sobrevivir pronto perderá su intensidad".

Para la juventud asiática y especialmente de India, el artículo también insinúa que en vez de copiar los métodos cuestionables y fallidos de Occidente, desde Moscú hasta Hollywood, dejémosle mirar la sabiduría tradicional de Oriente, "despojada de los dogmas" acumulados a su alrededor. Damos la bienvenida a un escritor popular entre los jóvenes intelectuales de Gran Bretaña, y esperamos que el Aryan Path lo tenga entre sus colaboradores habituales.-Editores].

Es visible el malogro de creencias en el mundo occidental, y propongo darlo por sentado. Actualmente, está madurando una generación de hombres y mujeres para quienes la religión organizada carece de lógica, en el aspecto típico de la palabra. No suscriben sus dogmas respecto al gobierno supranormal del Universo, ni se esfuerzan seriamente por vivir la existencia que ordena. Su escepticismo es instintivo, pues no se trata sólo de que la mente occidental moderna rechace esta o aquella descripción del mundo esotérico, o atañente al propósito de la vida: niega la existencia de cualquier ámbito contrario al sensorial, y tampoco reconoce ningún objetivo más allá de los fines inmediatos de la vida cotidiana.

Resulta dolorosamente palmario que este mundo no es capaz de satisfacer nuestras aspiraciones, ni esta vida dotar de significado a la permanencia mundana. De ello se desprende que el occidental moderno tiende a ser cínico e indiferente, y al considerar la vida como una "aventura sin caminos" en medio del "Universo aleatorio", encuentra la razón de ser en procurarse gustos y apetitos. Donde todo es incierto, se abraza con lujuria la doctrina de "comamos y bebamos, pues mañana moriremos", a la vez concreta y definitiva. Siendo desconocido el futuro, es sensato aprovechar al máximo el presente que conocemos, y a un tiempo, nuestras consideraciones morales pierden su fuerza acostumbrada al verse desprovistas del respaldo sobrenatural. Creíamos que Dios se deleitaba con una buena persona, pero toda vez que la práctica virtuosa se identifica con "agradar al Altísimo", es difícil ignorar las respectivas consecuencias de su placer y disgusto. La mayoría de religiones se ocupa en magnificar estos corolarios con los tintes más vivos, haciendo muy complejo determinar en qué medida ese "comportamiento correcto" está guiado por el deseo de alcanzar la beatitud celestial y evitando el infierno perpetuo.

Es notorio que los premios divinos ya no atraen y los castigos infernales no disuaden con su fuerza prístina; los jóvenes se burlan francamente de ambos, y optan más o menos de forma unánime por las drogas y la libido, al no ver ninguna perspectiva de compensación espiritual en el otro mundo, por la moral que les ordena evitar esos caminos en éste.

El modo de vida, como secuela, resulta menos satisfactorio de lo esperado. La objeción a "vivir para el placer" es su carácter efímero; si lo repites, deja de ser placentero. El reparo a "poder hacer lo que deseas" es que pronto descubres que no hay nada que quieras concretar, por saturación de estímulos. De ahí el carácter "sin propósito ni sentido" en gran parte de la vida occidental moderna. Nos hemos rebelado con éxito contra todo tipo de gobierno y autoridad, pero sentimos desilusión con los frutos de esas revueltas. Hemos establecido que los dioses son ficciones, pero aún tenemos que aceptar las necesidades que crearon dichas quimeras.

En este callejón sin salida, ¿qué ayuda podemos obtener de la sabiduría tradicional de Oriente? Mucha, siempre que se deshaga de todos los dogmas pseudomísticos que pululan a su alrededor. Todas las religiones comparten la creencia de que el Universo es valioso, en un sentido fundamental y a pesar de todas las apariencias cambiantes, incluidos el mundo y la vida cotidianos. Inferimos entonces que éstos últimos no constituyen la única realidad; pueden, de hecho, ser simplemente máscaras o velos que ocultan un mundo subyacente. Además y practicando cierto tipo de vida, es factible quitarlos aunque sea oscuramente; en consecuencia, puede que valga la pena intentar vivir de ese modo ideal.

Y aquí, según entiendo, nos encontramos ante la verdad básica de todas las religiones orientales: para quienes viven en estado de agitación, son imposibles ciertos tipos de felicidad serena y durable, o los procesos intelectuales y creativos. Por esto, dichos credos insisten en el cultivo sistemático de la tranquilidad mental y la búsqueda consciente de estilos de vida específicos; en pocas palabras, establecen reglas para conseguir salud espiritual.

Al adoptarlas, obtenemos criterios de valor y normas con tal de ponderar nuestras actividades, un aspecto ausente del pensamiento occidental contemporáneo. Esa guía arroja luces en nuestras vidas al sugerir que sí importa cómo las vivimos, y no sólo para nosotros. Podemos equivocarnos dada la creencia de que algunos trabajos son "más valiosos que otros", pero sabremos que está mal y podríamos haber visto el problema desde otro ángulo. El plácito acerca del precio intrínseco en ciertas actividades surge directamente de la convicción sobre la valía fundamental del Universo, y a falta de ella, el mundo occidental carece del primero; de hecho, ya perdió el sentido de lo trascendente y se enorgullece por su capacidad para "obrar", sin discurrir si vale la pena. Su alardeada eficiencia puede describirse como "hacer mal las cosas de la manera correcta".

Ningún rasgo de la civilización occidental es más notable que el desajuste entre nuestra habilidad mecánica y sabiduría social, entre los poderes que adquirimos sobre la naturaleza y el uso que les otorgamos. La ciencia nos confirió potencias dignas del empíreo, y traemos a sus fines la mentalidad de los escolares. Pensemos en un mecánico al costado de un camino, reparando el carburador de su automóvil; se comporta cual superhombre debido al conocimiento complejo y su destreza práctica. Tiempo después, el mismo sujeto conduce a 200 kms./hora en un pequeño infierno de ruido, polvo y hedor, incapaz de recordar las normas de su país e impidiendo la apreciación de todos quienes se acercan a él, asumiendo ahora el rol de un idiota.

Docenas o cientos de genios talentosos se esforzaron para que existiera la radio. Lo lograron, y los chismes provenientes de divorcios mediáticos o zipizapes deportivos llegan al otro lado del mundo, mientras el éter vibra al son de músicas festivas. En tiempos bélicos, la medicina revela grandes pericias con tal de enmendar extremidades mutiladas, a la par con el agílibus de aquellos "estadistas" imbéciles que ordenan a la ciencia química hacer añicos a personas en el frente de batalla. En el conocimiento científico muchos son dioses, y monstruos pendencieros a nivel político o ético que juegan a parecer imbatibles.

¿Qué relación tiene la sabiduría de Oriente con todo eso? Consiste simplemente en recordar a Occidente que el conocimiento científico y su poder sobre la naturaleza carecen de valor ínsito, pues dependen por completo del uso que tengan. Sólo constituyen un beneficio si se destinan para promover una vida correcta; por lo tanto, primero es necesario definir qué implica una existencia ejemplar. Un filósofo oriental me decía: "Nos habéis enseñado a volar como pájaros y nadar en el océano a guisa de delfines, pero aún no sabéis cómo vivir en tierra".

Tomemos el caso de los medios de transporte. La aptitud de moverse rápidamente es una joya diamantina en la corona civilizatoria occidental; sin embargo, una de las razones para transitar de un paraje a otro es nuestra inconformidad de permanecer en algún sitio. Nos impulsa el rechazo hacia el lugar en que nos ubicamos, más que la atracción por lares desconocidos. Esto es particularmente cierto en el caso de estadounidenses acaudalados, quienes en constantes trajines parecen huir de "algo" que los acecha dondequiera que se encuentren. Esto proviene de un aburrimiento surgido de la incapacidad para distinguir qué cosas realmente valen la pena y esforzarse en conservarlas.

Consciente del peligro, Oriente predica la necesidad de forjar una mente tranquila, como demuestra el siguiente párrafo de un estudio taoísta: "Si alguien anhela demasiado, o trabaja al exceso y no descansa en buena hora, el producto será la enfermedad del tiempo (...). El primer paso en un candidato a la inmortalidad es mantener una vida pacífica y su organismo saludable, ya que mente y cuerpo no tienen defectos ni problemas inherentes".

En términos genéricos, diría que el occidental tiende a seguir insatisfecho a menos que tenga una razón positiva para ser feliz; un oriental, en la medida que sigue las enseñanzas de su religión, propende a la dicha excepto si advierte motivos que le hagan sentir desconsuelo. Entonces, la satisfacción es el principal regalo que Oriente puede ofrecernos, y sólo podrá justipreciarse por quienes han recuperado la convicción del valor fundamental de las cosas.

C.E.M. Joad
Donar