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3 de septiembre de 2026

El peligro de la moderación falsa y tóxica en Teosofía

"Una cosa 'medianamente buena' no es tan buena como debe ser. La moderación en el temperamento es siempre una virtud, pero moderarse en los principios es siempre maligno" (Thomas Paine).

La humanidad contemporánea está muy lejos de vivir en equilibrio. Quienes sostengan lo contrario son ingenuos de capirote, o extremadamente malvados y manipuladores. Esto también incluye al mantra publicitario del "balance mente/corazón", seriamente cuestionado por índices alarmantes de consumo en drogas, delincuencia, suicidio juvenil, odio político, fanatismo religioso/materialista, la búsqueda compulsiva de caprichos sensoriales, etc.

Se hace imperativo educar a la gente sobre los Derechos y Deberes Humanos (constituidos en 1947 y 1997, respectivamente) en aras de los Principios Universales, lo cual implica exponer y desechar la basura psicológica difundida por antros "modernos" de izquierdismo y derechismo, así como entre fanáticos perdedores de anarcoparanoia. La tergiversación continua de principios éticos y ocultistas en dichas facciones repulsivas da lugar al "matrimonio perfecto" de cobardes morales e individuos corruptos, sumando otros vicios conexos.

Repitiendo de alguna manera la cita anterior de Thomas Paine, William Judge escribió: "Sean moderados en todo, especialmente al condenar a otros [evitando críticas precipitadas, maliciosas o ambiguas que no contemplen valores éticos]. Es estúpido ser intemperante o emborracharse con el vino, e igualmente necio emborracharse con temperancia" ("Musings On the True Theosophist's Path", III, Path, febrero 1887). Y además: "[Benjamin Franklin] era francmasón, y por lo tanto un 'hermano' al igual que Washington y Jefferson. Un masón sincero será un hombre justo que venera la libertad y aborrece los tiranos. Como dice Krishna en el Bhagavad Gita sobre sí mismo, podemos oír al Adepto decir: 'Me manifiesto en cada época con el propósito de restaurar el deber y destruir malas acciones" ("Adepts and Politics", Theosophist, junio 1884).

En su excelente obra "Magic: A Treatise on Esoteric Ethics", Manly Palmer Hall (hoy despreciado por muchos evangelistas "teosóficos") animó a descartar la idea de que "los magos negros se alejarán de nosotros" si somos "buenas personas", o "son débiles" por transitar caminos oscuros. Esta subestimación imbécil hoy se propaga con ahínco para mantener pasiva a buena parte de la humanidad, impedir que se fortalezca espiritualmente y publicitar formas "inocentes" de hechicería. Hall equiparaba esto con la analogía de un niño que pelea contra un luchador experto, y la idiotez absoluta de pensar que el primero ganaría sólo gracias a su candor o "alma pura". De este modo, un gran número de personas carece de ambiciones con tal de desarrollar fuerza moral, y menos aún conoce la urgencia de mantener su espíritu a salvo. Aunque externamente parezcan vivir con decencia y alberguen buenas intenciones, su pureza quietista y negativa atrae a los abusadores de todo nivel que ansíen aprovecharse de ellas, o incluso eliminarlas. Esa gente tonta no es "mala" en estricto sentido, pero sí representa la categoría de presa disponible que ayuda a perpetuar las artes oscuras en esoterismo y otros ámbitos cotidianos.

Según Hall, nuestra época es testigo de una ignorancia genérica que ha llegado a ser delictiva, y sus propaladores debieran someterse a los juicios y condenas más abyectos con fines disciplinarios. El desconocimiento natural en asuntos místicos o morales no es magia negra, pero se yergue como su mejor aliado; así, los "beatos ignaros" asumen constantemente responsabilidades ajenas, y eso no es más que el resultado de su pereza intelectual, tan generadora de peculio en el movimiento "Nueva Era" y la pseudoteosofía.

A muchos teósofos evangelizadores e inmaculados les gusta señalar con impertinencia los ejemplos de William Judge y Helena Blavatsky para ilustrar su "inquebrantable promesa" de "compasión ciega por la humanidad", en todas y cada una de las circunstancias que imaginen. Sin embargo, pasan por alto los detalles del caso Coues (1891), en que la credibilidad de Blavatsky se restableció públicamente tras serias amenazas legales y la exhibición de pruebas sólidas. También ignoran las declaraciones de Judge ante los ataques de Annie Besant y el Westminster Gazette, y en su defensa escribió tres veces la expresión "mis enemigos declarados" (The Irish Theosophist, febrero 1895; Path, marzo 1895). Además transparentó: "Es desagradable referirse mucho a uno mismo, pero en ocasiones se torna necesario (...) por la acción de otros, así como la existencia de muchos rumores vagos y suprimidos que circulan en grupos privados, aunque suficientemente enérgicos para obligarme a actuar" ("Convention Reports of the T.S. American Section", abril 1894).

Otro tinte aparece en la obra "El Evangelio del Buda" de Paul Carus (1894), que describe al Iluminado diciendo: "El Tathagata enseña a dominar por completo el yo [inferior], pero nunca rendirse a poderes malignos, ya sean hombres, dioses o elementos de la naturaleza. Es necesario luchar, pues toda vida es una contienda de alguna clase; pero quien pelea debe cuidarse de no hacerlo en beneficio del yo [inferior] contra la verdad y rectitud". Así, Buda no favorecía la violencia perseguidora de poder, riqueza y privilegios inmerecidos o corruptos, sino exhortaba a obtenerlos con el debido mérito espiritual y ético, oponiéndose a las ambiciones de logias negras por arrebatárselos. Según el sitio electrónico dharmawheel.com, este importante sutra fue suprimido de los textos canónicos (¡y adivine usted por qué!).

Cuando los profesores en artes marciales recuerdan que "la ira vence al guerrero", se hacen eco de aquel pasaje budista. El enojo natural e incuestionable, siempre que nazca del criterio espiritual, debe servir a valores superiores, considerando al menos tres aspectos: a) proporcionalidad en los medios empleados para rechazar o minimizar el mal (lo que entraña la posibilidad de implementar medidas extremas ante situaciones análogas, sin infligir más daño del necesario); b) discernimiento sobre la gravedad del problema, y c) imparcialidad absoluta, independiente de cuántos amigos o familiares cercanos sean declarados culpables y merezcan sentencia.

Esto es lo que seguramente pensaba el Maestro Koot-Hoomi cuando escribió en su Carta n° 85 dirigida a Sinnett: "(...) aunque no digamos 'devuelvan bien por mal' como los cristianos, repetimos según Confucio: 'Devuelvan bien por bien, y para el mal, justicia'". El concepto medular también es evidente en otro párrafo: "El verdadero mal procede de la inteligencia humana, y su origen reside completamente en el hombre racional que se distancia de la Naturaleza (...). El mal es la exageración del bien, fruto del egoísmo y la avaricia humanos" (Carta n° 10).

De esta manera, los conceptos de violencia y no-violencia son simplemente OPCIONES, NUNCA IMPERATIVOS. Repito: quienes defiendan uno de ellos a ultranza, son venturobabiecas ignorantes o instrumentos de maldad, premeditada o inconsciente. ¿Y qué tal el siguiente extracto?:

"Existen bien y mal en todo rincón del Universo, y si uno trabaja para la propia parcialidad -aunque sea de forma indirecta-, a ese nivel se convierte en mago negro. El ocultismo requiere justicia perfecta e imparcialidad total. La hechicería surge cuando alguien usa los poderes de la naturaleza indiscriminadamente, con arbitrariedad y sin consideración por lo correcto. A guisa de los jugadores compulsivos, un mago negro actúa con cierto conocimiento. La magia se trata de dominar fuerzas naturales; verbigracia, el Ejército de Salvación utiliza medios execrables al hipnotizar personas y embriagarlas psíquicamente con emociones. El primer trabajo de un hechicero es psicologizar individuos [estimular sus yoes/pensamientos inferiores, politizar la Teosofía, alentar divisiones, etc.]" (Cartas que me han ayudado, p. 160).

A la luz de esto, incluso cuando la humanidad alcance el nivel de la Sexta o Séptima Razas, enfrentará peligros inteligentes del espacio exterior, como señaló Ronald Reagan en 1985, por lo que nunca tendrá fin la pugna obliterada entre los gremios "teosóficos" de "palomas blancas".

La santurronería extrema y la violencia injustificada devienen inseparables. Suelen esgrimirse para proteger intereses diabólicos dentro de la mayoría de "religiones" y otros grupos, que merecen ser denunciados, combatidos y desenmascarados con la misma agresividad en palabras, hechos y pensamiento. Es una auténtica idiotez que los amantes freudianos de la "ley espejo" apliquen esta norma con tanto fervor a todo aquél que no comparte sus metas retorcidas, pero nunca a sí mismos, lo que es notorio en su culto mediático de agitadores con nombre y apellido, o ideologías preconcebidas, sean cuales sean.

La violencia estrictamente necesaria y directa (según el contexto) está justificada sin ambages cuando se trata de reivindicar el derecho a la dignidad individual/colectiva en el plano físico, y a vivir en armonía con las Leyes de la Naturaleza, preservando dicha facultad evolutiva para las Mónadas encarnadas de los reinos inferiores. Nadie en su sano juicio negaría la importancia de desarrollar verdadera compasión y altruismo; sin embargo, el mundo necesita eliminar (por las buenas o las malas) una cantidad estratosférica de desperdicio ideológico, psicológico y "espiritual", orgullosamente patrocinada por monstruos de "progresismo" y "tradicionalismo" pervertidos. La mezquindad y el amor por la letra muerta son conspiradores explícitos, y los sedicientes "influenciadores del esoterismo teosófico" no contribuyen a elaborar soluciones prácticas. En resumen, la falta de honestidad para ver los hechos como son, sin restricciones tendenciosas, ha reducido al mal llamado "movimiento teosófico" y otras corrientes a un mero rollo de papel higiénico para desechos bípedos y ABOMINABLES en todo el sentido de la palabra.

Aquila in Terris


"Necesitamos todas nuestras fuerzas para afrontar los peligros y vicisitudes que nos rodean. Tenemos enemigos externos contra los que luchar en forma de materialismo, prejuicios y obstinación; aquéllos en forma de costumbres y modos religiosos, todos ellos demasiado numerosos para mencionarlos, pero casi tan densos como las nubes de arena que levanta el siroco del desierto (...).

Sin embargo, hay oponentes más insidiosos que 'toman nuestro nombre en vano', y hacen de la Teosofía un sinónimo u objetivo al que enlodan en boca de los hombres y de la Sociedad Teosófica. Calumnian a los teósofos y a la Doctrina, convirtiendo la Ética en un manto para ocultar sus objetivos egoístas. Y si no fuera suficiente, están los peores enemigos de todos: los de la propia casa, los teósofos infieles tanto a la Sociedad como a sí mismos. De hecho, estamos en medio de enemigos. Ante nosotros y a nuestro alrededor se despliega el 'Valle de la Muerte', y tenemos que cargar contra dichos opositores directamente contra sus armas, si queremos ganar (...).

La caballería (...) puede ser entrenada para avanzar como un sólo hombre en un ataque al plano terrestre; entonces, ¿por qué no luchar y ganar la batalla del Alma que pugna en el espíritu del Ser Superior, para reclamar nuestra herencia divina?" (Helena Blavatsky, "Five Messages to the American Theosophists").
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Budismo, prudencia y sentido común

(The Aryan Path, enero 1930).

[Masatoshi Gensen Mori es japonés, cuyo reciente trabajo Buddhism and Faith ha concitado gran atención. Simpatizamos con el tema de su artículo, y coincidimos en general con los criterios vertidos.

Las normas éticas que enseñó Gautama Buda no son propiedad exclusiva de sus seguidores declarados, ya que representan el alma de todas las religiones, y como tales, pertenecen a todo país. Estos principios de conducta siguen vigentes en el budismo, aunque en otras creencias fueron sustituidos por rituales y dogmas. Es por dicho motivo, aparte de varios más, que recomendamos estudiar el legado del Despierto, practicable incluso en nuestra era de egoísmo y competencia diabólica, como bien señala el autor. La "civilización" moderna tiene mucho que aprender al respecto, extasiada por el pergenio físico del ser humano y la búsqueda de placeres o comodidades mortales. Gran parte de la lucha por subsistir y la fiebre modernista podrían aliviarse si adquiriéramos, al menos en cierta medida, el desapego budista por lo fugaz y evanescente, buscando refugio en conceptos magnánimos. Es interesante leer lo que sigue a la luz de esta cita por Madame Blavatsky:

"La suya [de Gautama] es la única religión absolutamente incruenta entre todas las existentes; tolerante y liberal, enseña la compasión y caridad universales, el amor y autosacrificio, la modestia y satisfacción con la propia suerte, sea cual sea. Nunca le han deshonrado actos persecutorios ni el yugo de la fe a sangre y fuego. Ningún dios que vomita truenos y relámpagos ha interferido con sus castos mandamientos; e indudablemente llegaría un periodo de paz y felicidad en todo el mundo si se adoptara el código sencillo, humano y filosófico de la vida cotidiana, que nos transmitió el Reformador más grande conocido" (Glosario Teosófico).-Editores].

Un célebre filósofo budista de Tokio advirtió recientemente a sus coterráneos contra la moda in crescendo de buscar fuera de uno mismo las vías para satisfacer anhelos propios, o minimizar las penas existenciales. El fenómeno es regular en Japón y otros países, pero viene acentuándose con el arribo de la civilización occidental. Mientras que antaño el pueblo aprendía a resignarse ante los efectos de su karma, hoy millones consideran un "derecho" y "deber" combatir esos males de la mejor forma posible, sin reflexionar seriamente sobre las causas. Un maestro de Dhyana sostuvo: "Apaga las llamas de tu mente, y te sentirás fresco y renovado en medio de un gran incendio"; sin embargo, esto no atrae a los japoneses modernos e imbuidos de ideas occidentales. Ignoran a quienes en apariencia "se someten al destino", agregando que las disciplinas científicas muestran el rumbo hacia "el dominio de la naturaleza". No se acobardan ante nada en su afán pueril por cambiar el entorno, pero aún permanecen insatisfechos con su suerte. Y no es de extrañar, porque en la locura para doblegar el mundo físico, han olvidado cómo controlarse.

Ahora podemos, hasta cierto nivel, reducir las molestias físicas originadas por condiciones climáticas y de otro tipo. La medicina y el saneamiento barren con múltiples patologías y prolongan la vida. Se aumenta la productividad y equilibra la distribución a través de métodos científicos eficientes. Son bienvenidos estos avances o mejoras en la civilización material, siempre que estén calculados para liberar energías humanas en pos de actividades más duraderas.

Sería un craso error acusar al budismo de "indiferencia" ante tales progresos. Uno de los principios cardinales de esta religión constituye el servicio social en los términos más elevados, y la historia japonesa relata muchos casos inspiradores en todos los estratos. Sin embargo, brindar bienestar material a los semejantes no es el verdadero fin de un budista. Tiene, por así decirlo, un doble propósito: no debe ser útil sólo con miras a obtener méritos para su alma, sino también lograr que otros aparten sus pensamientos de los problemas cotidianos más apremiantes, dirigiéndolos hacia ideas espirituales permanentes y allanando así el camino a la salvación íntegra. Por lo tanto, un budista no debe molestarse ni experimentar decepciones intensas frente a la ingratitud humana, porque la caridad contempla al unísono su propio beneficio espiritual y el alivio de otros.

Con frecuencia, el budismo ha sido interpretado negativamente, y achacándole "inadecuación" para el progreso. Se le atribuye "pesimismo", "fatalismo", "pasividad" y todo lo contrario a una era de competencia internacional. Nadie se atrevería a negar que el estado contemporáneo de las relaciones sociales y entre países dista mucho de ser aceptable, y sin duda lograríamos bastante para aliviar la fiebre de rivalidad y celos si se pusieran en práctica algunas enseñanzas "negativas" del budismo. Es totalmente arbitrario insinuar que esta religión "se opone a cualquier desarrollo o a la ciencia", o "tiene una intrínseca actitud negativa hacia la vida". Ya conocimos un ejemplo más positivo tras la práctica de la compasión, y agréguese ahora la forma negativa de los mandamientos budistas. El primero de ellos dice "no destruirás la vida", y siguiendo esto al pie de la letra, se llegaría a la estupidez de rehusar el empleo de vermicidas. Los productos antisépticos tendrían que prohibirse por implicar destrucción de innumerables bacterias, las formas más elementales de vida. Además, habría que dejar la patria a merced de invasiones foráneas, ya que combatirlas significaría "hacer la guerra". Dado que incluso una dieta vegetal requiere comer plantas, el resultado lógico del servilismo a la letra textual sería un suicidio lento e ignominioso. Pero la autodestrucción, ya sea por mano propia, hambre impuesta, enfermedades o plagas, sería en sí misma una clara transgresión de dicho mandamiento.

Este primer canon budista es realmente constructivo en espíritu. Los mejores maestros de Dhyana en Japón la explican así: "Debes valorar la vida, en ti mismo y los demás". Al desaprobar la biodestrucción innecesaria, implica en sí todas las demás prohibiciones, como son aquéllas respecto a maneras casquivanas, falsedades/calumnias y el consumo y la venta de bebidas alcohólicas, todos ofensivos contra la vida misma; así, el mandato de preservarla en todos los seres sensibles equivale a obedecer las leyes supremas del Universo.

El Dharma -conjunto de normas budistas- engloba las ordenanzas naturales, principal objeto de la ciencia moderna, e incluye las de tipo espiritual que están por sobre ellas y prevalecen en todas las relaciones humanas. Los imperativos e inhibiciones del budismo derivan su autoridad en última instancia del Dharma, con lo cual la budeidad abstracta se identifica como Dharma-Kaya. Tras siglos de luchas intestinas, los pueblos cristianos ortodoxos aún intentan concluir "tratados de paz permanente". El budismo se anticipó a esta declaración antibélica hace más de dos mil años con la primera de sus directrices, e interpretada positivamente, se transforma en el cimiento real de conductas piadosas, leales, fraternas, caritativas, eutrapélicas e incluso de autoacrificio, ya que pueden manifestarse cuando surge la ocasión si sabemos valorar la vida en obediencia a leyes espirituales excelsas.

Además, conocer el precio de la vida no implica necesariamente un miedo cobarde a la muerte física, pues ésta es necesaria para mantener incólume el brío espiritual. Por otro lado, la praxis mística puede terminar ignominiosamente en plena vida mundana, o seguir fuerte y pura varios años después del óbito. Sólo recordemos los parangones de Buda, Cristo y Confucio, quienes hoy están más vivos que muchos "sacerdotes", "filósofos", "influenciadores" o "moralistas" descarados.

Volviendo a la enseñanza búdica de autoconquista -contraria al modo occidental hacia la "autoafirmación" (causa aparente del predominio actual del hombre blanco)-, ese aspecto también es positivo en espíritu. La Primera Guerra Mundial evidenció que únicamente hay estragos mutuos cada vez que un régimen aspire a subyugar otros en armamentos y comercio, mientras los pensadores occidentales asimilaban la importancia primordial de la cooperación en vínculos sociales y entre naciones. La asistencia eficiente sólo puede asegurarse cuando individuos y colectivos estén dispuestos a subordinarse al Todo para el bienestar de todas Sus criaturas.

En consecuencia, la autoconquista en el budismo no significa "autoabandono" ni "humillarse". La clave es controlar el yo inferior/animal para expresar el alma interna y reunirnos completamente con el Espíritu del Universo. Incluso sin este profundo contexto -la Esencia Inescrutable de todas las cosas-, los insignes principios conductuales búdicos serían frecuentes en comparación con el esoterismo de muchos sistemas relativos a filosofía o ética. Sin el reconocimiento explícito o implícito de dicha Causa Infinita, todos los Budas y Bodhisattvas como Amitabha (Amida), Maha Vairocana (Dainchi), Avalokitesvara (Kwannon) y otros tan profundamente adorados por budistas japoneses estarían en peligro de caer al nivel de dioses mitológicos o fetiches. Sólo obtendrán el aprecio sincero de la mente moderna cuando se les reconozca a fuer de epítomes simbólicos o manifestaciones visibles del Infinito. Puede que en un futuro artículo abordemos ese gran tema, que implica las relaciones entre concreto/abstracto, emblema/sentido, y Budas individuales/Budeidad abstracta.

M.G. Mori
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