22 de septiembre de 2026

Algunos aspectos morales de la segregación racial

(The Aryan Path, marzo 1930).

[Lord Sydney Olivier (P.C., K.C.M.G., C.B.) (1) es miembro distinguido del Servicio Colonial y autor de las obras White Capital and Coloured Labour, The Empire Builder, entre otras. Ha hecho bastante para lograr cada vez más oposición a las actitudes de superioridad hacia otras razas, y la merma del fenómeno se debe al trabajo de personas como él. Fue secretario de la Sociedad Fabiana (donde colaboró con ensayos y tratados análogos), y en el último gobierno laborista, Ministro de Estado para India.

[(1) [N.del T.: P.C.= Private Counsellor, Miembro del Consejo Privado del Monarca; K.C.M.G.= Caballero Comendador de la Orden de San Miguel y San Jorge; C.B.= Compañero de la Orden del Baño, con orígenes medievales donde el proceso para aceptar integrantes incluía baños rituales purgatorios].

Al enviar este artículo, Olivier comenta que le resultó sumamente difícil condensarlo y tuvo que omitir referencias a muchas consideraciones relevantes, "sin subrayar -con la fuerza que hubiera deseado- el trasfondo espiritual de la inmoralidad en los prejuicios racistas". Lamentamos esto y esperamos publicar pronto más escritos de su pluma y valiosa experiencia.

Todo prejuicio racial es contrario a la Fraternidad Universalista, y una de las tareas de nuestro periódico es defender ese ideal tan poco practicado. Por lo tanto, el mes siguiente incluiremos un artículo de "Explorer", seudónimo de una figura destacada del periodismo británico.-Editores].

Los orígenes de actitudes racistas y sus manifestaciones en tabúes sociales o legales son muy diversos y complejos. El desencadenante más básico, y uno de los más frecuentes, es el impacto visual que experimenta un niño o alguien inexperto ante la apariencia de una tez y un tipo físico desconocidos, tan diferentes de sus ideas habituales sobre lo "humano" y "bello". El niño blanco considera "feo" al negro o moreno, y lo rechaza, mientras un párvulo de piel oscura teme a un "demonio blanco". Las aversiones de esta clase afectan a otros sentidos además de la vista, y entre personas de diversas razas mantienen un grado considerable y duradero de lo que se llamaría "repulsión instintiva". Sin embargo, con madurez y experiencia, semejante rechazo -que puede tener un significado protector y motivador- suele desaparecer por completo o persiste a modo "instintivo" como otros repudios, entre personas de la misma etnia que se describen a guisa de "físicamente desagradables".

Para cualquier individuo acostumbrado a relacionarse con sus semejantes desde lo empático, la tirria del prejuicio racial es incomprensible y un síntoma de deficiencia mental, aunque al reflexionar sobre conductas "instintivas" en su infancia -o más generalmente, implantados en él por maestros y formadores-, puede reconocerla como una propensión persistente del carácter humano. La repugnancia es mucho más fuerte en algunos particulares que otros y ciertas nacionalidades, clases o grupos étnicos. Los franceses, por ejemplo, se ven tan exentos de ella que no disponen de términos correspondientes a lo que llamamos "cuestión del color", y hablan de asuntos indígenas cuales problemas sociopolíticos, como muchos europeos ante la "cuestión feminista" que genera conflictos en relaciones económicas e industriales. En Oxford y siendo joven, departí con indios, entre ellos hindúes y musulmanes de gran prestigio, que visitaban Inglaterra en circunstancias que jamás me hicieron pensar que pudiera existir un sentimiento de discriminación "espontánea" entre europeos y asiáticos de igual cultura. Y dicho sea de paso, este criterio también prevalecía en el Imperio Romano.

¿Cómo es posible que hoy la llamada "cuestión del color" siga produciendo tanta agitación en comunidades mixtas e imperios, con poblaciones diversas? Partiendo de las razones elementales que describí, resulta obvio que la causa primigenia de ese antagonismo y las instituciones discriminatorias se encuentra en el extremo opuesto del abanico moral: la lucha de intereses mercantiles. El parcialismo étnico se establece deliberadamente, y sus prejuicios son más rampantes allí donde los hombres blancos, obligados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un sueldo, se ven excedidos por ofertas de chinos, japoneses, indios o africanos, quienes se conforman con un nivel de vida impropicio. No hay nada moralmente admirable ni excusable en esta discordia. Se trata de una lucha por medios de subsistencia disponibles bajo sistemas muy arbitrarios, del mismo modo que en condiciones más primitivas existió y puede haber conflictos por la posesión de tierras, bases indispensables del sustento. La hostilidad y el odio deben justificarse inventando excusas morales: se vilipendia al competidor, los hijos de la "raza más fuerte" son educados para considerar "inferiores" a otras que "no tienen derecho a vivir", y donde un grupo étnico invadió tierras sometiendo a débiles, se establece de inmediato un sistema de castas. En India y otros lugares, las víctimas tienen el color más oscuro -al igual que el caso africano-, y la necesidad económica y social de controlar a los vencidos posibilita que ese prejuicio, además de imponer "castas protectoras", sea primigenio para mantener convenciones "aristocráticas". La fuerza bruta se convierte en "razón", y la servidumbre representa una "exigencia correcta" al objeto de determinar "inferioridades humanas".

El prejuicio étnico en un territorio donde la clase controladora pertenece a una raza, y las subordinadas/trabajadoras a otra, no es más insidioso que el observado entre el conjunto dominante y pasivo de la misma raza en igual país. Todas las grandes religiones vienen protestando de forma asidua contra tales vanistorios y la actitud de desprecio ciego que les acompaña, respecto a cualquiera de dichos contextos. Basándose en el reconocimiento práctico de la comunidad espiritual humana, un gran número de budistas, cristianos y musulmanes evidencia el carácter falso e idiota en pretensiones clasistas, de raza o color asociadas a "liderazgos". El prejuicio racial es demoníaco porque proporciona pseudojustificaciones para el orgullo y la convicción supremacistas, que a su vez llevan a oprimir y esclavizar débiles al servicio de quienes se creen "más fuertes".

En lo que atañe a matrimonios o cruces interraciales, difícilmente se puede exagerar la superstición e hipocresía a que conducen las formas actuales de racismo. A menudo existen buenas razones sociales y prácticas por las que personas de razas heterogéneas no deberían contraer nupcias, y también hay motivos válidos de carácter similar para quienes están en diferentes clases dentro de una misma sociedad; pero que no existe un instinto natural contrario a la unión o cría de individuos de diversas razas, es tan obvio como lo que ocurre entre parejas de distintas clases al interior de su etnia. Las "desventajas" hiperbólicas de matrimonios interraciales, respecto a personas involucradas y sus hijos, son enteramente debidas a caprichos y desvaríos sociales. Las uniones inapropiadas también debilitan a clases aristocráticas, y la prole de engarces misceláneos se cría, por regla general, en condiciones desfavorables, denigrantes y deprimentes. Este es, al menos, el caso en sociedades mixtas de ciertos representantes europeos entre africanos y asiáticos, mas no acontece por intuito a grupos colonizados mediante franceses o neerlandeses, donde no existe convención de estigmatizar a hijos de raza mixta, como sí lo vemos en el Asia británica y muchas colonias inglesas.

Sydney Olivier
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