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3 de septiembre de 2026

Pseudomisticismo y ciencia moderna

(The Aryan Path, enero 1930).

[John Middleton Murry es uno de los literatos más distinguidos de Inglaterra. Como editor, trabajó para The Atheneum (1919-1921) y The New Adelphi, con una gran reputación en esos círculos de lectores eclécticos, conocedores de lo mejor y más fino de la crítica moderna. Durante cuatro años fue revisor del Times Literary Supplement, y también perteneció al Departamento de Inteligencia Política del Ministerio de Guerra entre 1916-1919, para luego asumir el puesto de censor jefe. Es autor de obras como Fyodor Dostoevsky, Keats and Shakespeare, Life of Jesus y Times to Come, éste último aparecido en 1928, y recientemente God: Being an Introduction to the Science of Metabiology.

A lo largo de muchos siglos, el antropomorfismo brutal de las religiones viene constituyendo un impedimento para cultivar la vida interior del Alma; ahora, un nuevo peligro amenaza al Movimiento Teosófico que ha sido campeón de ese concepto práctico en todas partes, a saber, el comportamiento presumido de la ciencia moderna, frente al colapso de su estructura materialista y el avance en conexión con las ideas de Alma, Espíritu o Deidad. Si bien nos complace ver autoridades científicas reconocidas adoptando un interés paulatino por el mundo oculto, decimos con Murry: "El verdadero misticismo no necesita que le den cabida en la ciencia o cualquier otra forma de conocimiento humano". Si sustituyéramos la palabra "Teosofía" por "misticismo", este espléndido artículo representaría nuestras opiniones tanto en la letra como en su espíritu.-Editores].

Previo a fundamentar una acusación de falso misticismo, necesitamos elaborar una idea clara del verdadero sentido.

En esencia, el misticismo es una convicción acerca de la Unidad Omnipresente y abarcadora. El Universo es un todo, y resulta obvio para todos los modos de cognición intelectual que dicha certeza puede ser sólo una hipótesis. El acto de conocer implica antagonismo y separación entre el conocedor y lo conocido; por lo tanto, desde una Unidad omnipresente e inclusiva no puede existir conocimiento intelectual, y viceversa.

El misticismo propugna y subraya que la Unidad no se conoce, sino se manifiesta en experiencias inmediatas, que a su vez han sido tales cuando llegan a su fin. Se contiende que la autoexperiencia del Uno Omnipresente es única e inefable, dispar in toto de cualquier tipo de cognición intelectual, y dada en tesituras que excluyen toda clase de dicho conocimiento. Esta vivencia se halla completamente a salvo de críticas lógicas, que bien pueden aplicarse a interpretaciones "cerebrales", pero nunca establecen nexos con la experiencia misma.

Es evidente que la convicción de un Todo Ubicuo, ofrecida en la experiencia mística, se opone radicalmente a las "bogas" de dualismo religioso o filosófico. La Unidad Real no puede serlo a medias. Mente y materia, bien y mal, parecen muy disímiles en nuestra vida práctica, pero las distinciones no pueden ser absolutas. Son diferencias necesariamente establecidas en la Unidad por las existencias individuales, con la prerrogativa del conocimiento intelectual. Quienes creen en la Unidad última del misticismo no suponen que la existencia particular sea un "defecto", aunque un matiz de esa opinión es perceptible tanto en corrientes platonistas como en el budismo. También es consecuente con las premisas del misticismo afirmar que la existencia individual es un medio forzoso para la autoexplicación y autoconciencia del Uno. Con vistas a que la Unidad esté consciente de sí misma, necesita la mente individual y desarrollarla hasta el punto de reconocer que sus perspectivas intelectuales e ineludibles son sólo eso. Cuando una existencia circunscrita percibe las propias condiciones, y una mente finita asume los contextos de su funcionamiento, toda vez que dichas circunstancias no se ven como "pesadas" ni "opresivas" -sino simplemente necesarias-, entonces el camino del Uno hacia esta existencia particular se despeja de obstáculos, y el intelecto deja de reclamar una soberanía a la que no tiene ningún derecho.

Dado que el misticismo es irreconciliable con posturas dualistas, tenemos una forma breve de plantear las afirmaciones hechas por científicos modernos de que su visión del mundo "deja espacio para lo místico". Antes de agradecer el beneplácito, debemos preguntarnos a qué clase de religiosidad apuntan. Si es dualista, no es misticismo, sino un intento subrepticio de reimponer bajo ese nombre los credos dualistas de que la mente occidental lucha dolorosamente por liberarse.

En este breve espacio, el autor no puede citar extensamente a defensores científicos modernos del misticismo, como los profesores Eddington y Haldane, pero de ambos es cierto que sus ideas señalan encuadres morales. Dice Haldane que el mundo empírico es "el ámbito espiritual de los valores", y sin discutir si la afirmación es verdadera o tiene algún significado, podemos aseverar que dicho misticismo no es tal en absoluto. En su acepción genuina, éste último no conoce un "reino espiritual" distinto a otro "material" o "de hechos". La Unidad del misticismo auténtico no es el Bien, ni la Verdad, ni la Belleza, sino sólamente el Uno. Y en Ello, lo Malo, Falso y Feo existen tanto como aquel trío. Todos ellos por igual, para lo verdaderamente místico, son apariencias en cierto nivel. La bondad de lo bueno es su elemento aparente, pues le llamamos así sólo en la medida en que, de manera obvia o recóndita, promueve la energía propulsora fundamental de algunas existencias humanas individuales. Lo mismo aplica a la ruindad de lo malo, porque sólo su mera existencia física es real.

El misticismo puro está más allá del bien y el mal; ergo, es falsa toda doctrina que se autoconvenza o imponga a los demás de que "la Unidad es buena". Lo genuinamente místico ni por mientes desea proyectar sus condiciones personales a lo Único, porque no es lo que "nos gusta", sino Aquéllo a lo que pertenecemos nosotros y los gobernantes mortales. No podemos negociar con Ello ni proponerle nada, y el místico sublime no quiere hacerlo. Esto es lo que al falso misticismo le resulta imposible comprender, pues se reformaría si asimilara que el religioso competente no codicia que el Uno sea lo que "le acomoda".

El misticismo, sea cual sea la manera en que lo transitemos, exige despojarnos de nuestras personalidades. Cierto es que renunciamos a ellas sólo para recibirlas de nuevo [Karma/Reencarnación], mas la personalidad remozada no es la que entregamos. Ya no somos "entidades que aman, piensan u obran", sino Aquéllo que ejecuta esos actos o emociones en nuestro fuero interno. Y tras el nuevo nacimiento, dicha índole rejuvenecida no se parece en nada a la pretérita.

Ese rasgo impersonal no puede exigir ni desear que califiquen sólamente las características que "gustan" a la Unidad. El mero concepto de tal exclusivismo es insólito, remoto y fantástico, pues a lo Impersonal no le agradan las cosas del mismo modo que al humano finito o animalesco. Está desprendido de ellas, sabe que su Ser no depende del influjo que tengan, y sus afectos hacia las mismas son desinteresados. Por ende, el misticismo real no escucha el clamor maniático de que "lo amado sea eterno", ni los angustiosos recursos con que se pretenden lograr "respuestas" a esa llantina.

En otras palabras, la refrenda de ideales humanos no es asunto del misticismo genuino, con la gran y trascendente excepción del ideal de Unidad. Lo realmente místico afirma que este anhelo es cierto, y tiene experiencia directa de su realidad; y precisamente por ello, ningún otro propósito puede ser auténtico.

Ahora bien, el "misticismo" al que la ciencia moderna busca dar importancia -a través de algunos expositores principales- es simplemente un "bastanteo" de ambiciones o sueños humanos, y por ello, falibles. Dado que éstos nunca son completos (o de lo contrario no valdría la pena perseguirlos), su validación implica perpetuar el dualismo. En ese contexto, las ideas de Bien, Espíritu y "deber ser" son reales, pero no el mal, la materia o el "ser" (1). Son muy infantiles los argumentos que esgrimen para exaltar esas preferencias: verbigracia, dado que las ciencias exactas no nos dan una imagen de la realidad, algo más debe hacerlo. No es seguro; pero incluso si lo fuera, no hay fundamento alguno para suponer que las elecciones morales de un científico europeo y civilizado proporcionen el cuadro que necesitamos.

[(1) N.del T.: recuérdese el aforismo budista: "Lo único permanente en la vida material es el cambio"].

No estamos diciendo que esas predilecciones sean "fútiles". La alternativa no es entre "nulidad" y "omnipotencia", y esta clase de dilema que mortifica tanto a "credos" como "ciencias" es simplemente ignorada por el misticismo. La preferencia humana por el Bien, como todo lo demás, es para el místico una forma tomada por el Uno. Eso existe, y el tema central es que la persona en quien Ello rebosa verdadera y fuertemente no busca que se valide. Para un individuo así, y en él, existe por derecho propio. El Bien no sería más deseable si se demostrara que es la única realidad. Spinoza escribió: "Quien verdaderamente ama a Dios, no puede esforzarse para que Él lo ame a cambio". La urgencia de que los ideales finitos tengan validez fuera del ser humano, en quien son tan fehacientes como sus propias manos, es un conato pueril de que el "Padre Celestial lo quiera en recompensa".

El verdadero misticismo no necesita lugar en la ciencia ni otras formas de conocimiento humano. Jamás ocupará el espacio que ellos podrían abarcar, pues no existe en la misma dimensión o plano. Tampoco es una alternativa ni chance, sino la simple verdad que está al fondo de toda existencia. Es una certeza adquirida mediante el esfuerzo del autoconocimiento; se trata de descubrir de que cuando el Ser se conoce verdaderamente, no hay otro al que salir a su encuentro, y sólo entonces adviene la Unidad.

John Middleton Murry
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