[El profesor A.V. Williams Jackson (Universidad de Columbia, Nueva York) es sobradamente conocido: máxima autoridad en filología iraní, sus servicios a otros temas y lenguas afines siguen teniendo valor reconocido. Sus alumnos lo estiman como pocos maestros, no sólo por su profundo conocimiento y esmerada enseñanza, sino además por la nobleza de su carácter, disposición alegre y ecuanimidad en todo aspecto.
Es un gran placer dar a su artículo el lugar de honor en nuestro primer número, planteando los ideales que rememora el nombre: Universalidad, la Vida del Espíritu y la Luz que emana de las Grandes Almas de todos los países y épocas.
Ante su pregunta de inicio "¿qué hay en un nombre?", respondemos: "Muy a menudo existe más de lo que el profano está preparado para asimilar, o un místico erudito podría explicar. Cada nombre lleva consigo un predominio invisible, esotérico y latente que 'impregna por doquier'. Carlyle pensaba que en las denominaciones "existe casi todo; si yo pudiera desplegar el influjo de los nombres, que son la más importante de todas las vestiduras, entonces sería un segundo gran Trismegisto".
De esta manera, es crucial el título de una revista que nace con objetos definidos, pues representa la semilla invisible que crecerá hasta convertirse en un árbol que da sombra a todo -y de cuyos frutos dependerá la naturaleza de los resultados que genere dicha misión-, o el árbol terminará muriendo. Estas consideraciones demuestran que el rótulo no se debe a una selección descuidada, sino que apareció tras cavilar profundamente en su idoneidad, y lo adoptamos como el mejor símbolo para expresar ese cometido y los resultados en perspectiva.-Editores].
Una vez Shakespeare escribió: "¿Qué hay en un nombre?". La escogencia de un título como "El Camino Ario" es particularmente acertada para una publicación internacional, cuyo objetivo es difundir artículos que representen lo mejor de las culturas occidental y oriental. El término "ario" evoca la herencia común que comparten ambas y su vínculo cada vez más estrecho, mientras la palabra "camino" abre perspectivas del trayecto que conduce hacia la Luz.
Cristo mismo, al sintetizar la luz de sus predecesores espirituales, usó la imagen cuando declaró: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Juan, 14:6), donde el vocablo helénico hodós tiene connotaciones que pueden vincularse con "sendero", aunque las palabras no muestran un origen común. Por derivación, el inglés path puede estar relacionado con el sánscrito pánthan ("camino"), el avéstico pantan (mismo significado) o el antiguo persa pathi, y compárese también con el griego pátos, el latín pont-em ("ruta", "puente") y demás términos afines en lenguas europeas modernas. La expresión queda atestiguada en las ramas orientales indoiraní, armenia, eslava y báltica, según la obra por A. Maillet Indian Studies in Honor of Charles Rockwell Lanman, p. 4, (Cambridge, Massachusetts, 1929). Comprobamos así que el empleo simbólico de la voz "sendero" figura en los primeros escritos de India y Persia.
El Rig Veda -el más antiguo de todos los monumentos narrativos arios- habla del "camino de lo Correcto" o pánthā-ṛiásya (1:136, 2 y otras partes). La designación aquí está llena de significado espiritual, cualquiera que haya sido el uso en ritos posteriores. Además, la guía a lo largo de ese recorrido forma la nota clave de los Upanishads. Una cita será suficiente: "Este es el camino a los dioses y Brahma" ("eṣa deva-patho Brahmapatho", Chandogya Upanishad, 4.15.6). En el budismo, todos estamos familiarizados con "el Noble Óctuple Sendero" (ariya aṭṭhangika magga), es decir, el tipo justo de creencia, resolución, habla, comportamiento, trabajo, esfuerzo, contemplación y concentración (por ejemplo, Digha-Nikaya, Sutra 22). Asimismo, el nombre de una famosa obra budista es Visuddhi-magga o "Camino de Pureza", siendo la palabra Pali magga equivalente a "senda" (en sánscrito mārga), un intercambio natural presente en otros idiomas.
Volviendo a Persia, notamos que Zoroastro, el profeta del antiguo Irán, emplea de modo análogo la voz "sendero" con trasfondo simbólico, siete siglos o más antes de la era cristiana. En sus Gāthās o sermones métricos, predica al pueblo sobre "los caminos rectos [verdaderos] de la salvación hacia los mundos donde reside Ahura [Divinidad]" ("erezūsh savaṅhō pathō", etc., Yasna, 43.3), y en otros pasajes utiliza la fórmula "caminos prudentes". Varias generaciones más tarde, alrededor del 500 a. de C., el rey Darío I -adorador de Ahuramazda/Ormazd- hizo excavar su futuro sepulcro en lo alto del acantilado Naksh-i Rustam, al sur de Persia, y dispuso añadir una inscripción histórica cuyo tenor registra su mandato a todos y cada uno de los súbditos: "No abandonéis el camino recto" ("pathim tyām rāstām mā avarda", NRa, p. 58-60).
En vez de limitar las citas a ejemplos culturales de nuestros parientes arios en India y Persia -si el tiempo y espacio lo permitieran-, sería fácil anexar ejemplos de literatura griega, latina y otras. Baste con decir que "horadar la senda recta" (rectam vitae viam) era el lema de Cicerón y los poetas romanos. Sin embargo, se ha aportado suficiente para demostrar la acertada elección en el título de esta revista, que merece los más sinceros deseos de éxito asegurado en sus nobles objetivos.
A.V. Williams Jackson