(NOTA: la totalidad de artículos estará disponible en breve).

4 de septiembre de 2026

El habla descontrolada

(The Aryan Path, julio 1930).

[B.M. es un asiático que vive en nuestra era según los métodos de su tierra originaria, y nos sentimos afortunados de obtener algunos informes sobre sus conversaciones con amigos íntimos. El Bhagavad-Gita es la obra que ha dominado a través de largos años de estudio y meditación, pero además sus escritos exhalan una fragancia curiosa, habiendo vivido de acuerdo con sus pautas y de modo más exitoso de lo que es posible normalmente. Los documentos fueron traducidos del idioma vernáculo, y debe entenderse que no son traducciones literales, por cuanto el transcriptor se adhiere más a ideas y principios que palabras. Aunque B.M. conoce el inglés, su inspiración se ve obstaculizada al emplear ese medio, por lo que prefiere no usarlo, e igualmente creemos que nuestros lectores encontrarán verdadero aflato en esta serie.-Editores].

"Entre los sabios del conocimiento secreto, yo soy su silencio" (Bhagavad-Gita, X, 38).

En el décimo capítulo del Gita, Krishna describe sus poderes y excelencias, o vibhutis. El parsi encontrará una descripción similar en su Ahuramazda Yasht, comprobando que este dios e Ishwara son nombres de la misma fuerza o Poder Omnipresente que llamamos Deidad.

Entre esos rasgos sublimes, los Mahatmas nombran al silencio. Los sabios se mantienen callados sobre muchos aspectos, y el discurso necesario es provisto únicamente por Grandes Almas. El habla es un poder creativo cuya influencia se extiende más de lo que pensamos, y quienes principian a recorrer el Sendero de la Santidad deben controlar la lengua purificando sus alocuciones. No sólo descartan palabras groseras y rabiosas, sino también aquellas innecesarias (1). El joven chela es conocido como shravaka u oyente, e incluso Pitágoras -instruido por gurúes arios- introdujo la misma categoría en su escuela de Crotona. La sociedad moderna opera principalmente con el habla, pero el arte conversacional ha degenerado mucho y el diálogo inútil está a la orden del día. Como es de esperar, un intercambio tan ocioso pronto se convierte en chisme, y la barbarie trastorna a hombres y mujeres amables. El hecho de matar la reputación, el nombre justo o carácter de otro es una crueldad mayor que destruir o atentar contra su cuerpo.

[(1) Sin duda este ideal es factible, pero antes hay que eliminar basura psicoideológica muy dañina. Véase "El peligro de la moderación falsa y tóxica en Teosofía"].

La ciencia corrobora que el discurso es creativo y las palabras tienen poder. Quienes observan los efectos de sonidos en la aparición de patrones geométricos sobre arena fina, saben de qué modo ciertas frecuencias generan otras hechuras e influjos en sustancias como el éter. Las palabras que pronunciamos comportan emociones y pensamientos, y es coherente deducir que la potencia vocálica es enorme.

A menudo olvidamos los perjuicios causados por nuestra charla, pues nos permitimos conversar e incluso chismear de manera irreflexiva. Todos conocemos individuos que hablan con estilo holgado y abominable sobre un propósito establecido, y se entregan a rumorear deliberadamente, aunque por fortuna el número de tales personas no es grande. La mayoría se expresa mediante injurias, y pagamos este desliz a través de influencias degradantes en el carácter. Una persona de hablar grosero, el cotilleo inconsciente, un pequeño conversador u otro de tienda, al igual que un muni silencioso, llevan todos marcas de hábito e indulgencia en sus roles.

¿Qué es necesario para ennoblecer nuestros personajes, purificar la conducta y realizar actos benéficos? Todos los grandes sabios enseñan a practicar mortificación y austeridades del habla, y conociendo el vínculo entre ideas y palabras ("alma" y "cuerpo" de conformidad), sugieren que protejamos nuestros pensamientos internos. Toda religión impone a sus fieles la tarea de leer y repetir las Escrituras que incluyen pasajes gloriosos, pero no se observa el mandato en las nuevas generaciones, o lo hacen de forma casual, ciega e incomprendida, convirtiéndola en una simple parodia. Son inútiles los ruegos murmurados sin conciencia plena; leer las Sagradas Escrituras con atención y ponderar sus enseñanzas elevan nuestra conciencia para producir un estudio silencioso respecto a los acontecimientos de la vida.

Ninguna persona puede ver claramente sin reflexión, y nadie actúa dignamente sin elevar sus ideas. En medio de circunstancias estresantes, tampoco habrá progresos si no hay pensamientos nobles en horas tranquilas. Por lo tanto, es crucial mantener a diario la compañía favorable de asertos inspiradores y potentes. El discurso gentil, veraz y amistoso eclosiona al recitar las grandes palabras del Gita, los Upanishads, el Dhammapada, Suttanipata, los Gathas y Yashats, el Tao-Teh King, el Sermón del Monte y La Voz del Silencio, esa joya invaluable para todos los aspirantes a la vida superior.

Todos los días debemos practicar silencio y control del habla; la Madre Naturaleza tiene canciones para el oído del Alma, y no las escuchamos porque nuestra mente, con su memoria y atención, está comprometida con quimeras sensoriales o corpóreas. Antes que comiencen las actividades del día o después de terminarlas, permaneced en silencio acallando ruidos psíquicos, y repetid alguna idea memorizada o dicha por un guía espiritual, fijándoos en ella. Durante el ajetreo mundano es imperativo aprender a callarse, y habrá éxito gradual aunque el empeño sea difícil.

Asimismo, se recomienda anhelar compañía de personas santas. El Sat-Sang o "buen afecto" es un requisito de la vida espiritual, pues el progreso genuino aparece compartiendo con almas de ideas afines, y nunca en soledad permanente. La armonía entre buscadores místicos y lumbreras ofrece la instancia de emitir palabras pulcras, y cada vez que esto sucede, desplegamos el poder de vocalizarlas nuevamente ("alcanza el conocimiento y obtendrás el habla"), adquiriendo buenas cuotas de sabiduría positiva. En consecuencia se dice: "Aprende el valor de las palabras y expresiones de un hombre, y le conocerás. Cada individuo tiene una medida para todo, y esto lo expone inadvertidamente en su forma de hablar".

B.M.
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