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4 de septiembre de 2026

Una reseña del "Tao Te Ching"

(The Aryan Path, enero 1930).

[El profesor E.E. Speight (Universidad Osmania, Hyderabad), luego de vivir muchos años en Japón y habiendo percibido el efecto directo e indirecto de la filosofía taoísta en sus seguidores, escribe un artículo muy interesante que reproducimos a continuación.-Editores].

A grandes rasgos, el pensamiento humano puede dividirse mediante una línea determinada por la actividad práctica consciente. En un sector se encuentran lo experimentado y establecido; por el otro, regiones vastas e inexploradas. El progreso del conocimiento semeja desplazar este límite, planteando una cuestión de índole metafísica. Todas las filosofías que surgen de experiencias vitales comparten similitudes conclusivas y de convicción, y como cualquier otro fruto de saberes definidos, parecen marchitarse y envejecer en cuanto soplan vientos sobre la barrera que protege lo incógnito. Además, las expresiones místicas de ese terreno muestran paralelos: Gautama Buda, Jesús de Galilea, Lao Tzu, Jalaluddin Rumi, Kabir o Jakob Boehme, todos ellos nos guían desde lo finito hacia lo ilimitado, desde la complacencia hasta una insatisfacción divina, transmutando conocimiento en sabiduría, o la mente al universo del Alma. Su cuerpo de pensamiento es la verdadera Teosofía, al ser testigos del poema egregio de la Vida.

Recuérdese también que las enseñanzas de estos grandes personajes han sufrido la misma distorsión a lo largo de siglos. El significado y la aplicación de su evangelio son constantemente repelidos por la cultura popular y varios grupos de maldad organizada en toda época.

El Tao no es simplemente un "dejarse llevar sin miedo ni alegría" por la corriente del flujo infinito; es inacción eterna, y sin embargo, no deja nada sin hacer. El Nirvana, verbigracia, sólo significa "aniquilación" cuando la semilla desaparece en una planta adulta.

El Yoga convierte a sus verdaderos discípulos en personas benevolentes, sanas y felices, tal como Shelley afirma que dichas características son cruciales para el poeta genuino. No hablamos de una simple "inmersión en el inconsciente", y de todo esto, es profundamente real que su misticismo no es enigmático, sino misterio develado.

La enseñanza de este antiguo sabio, a quien adscribimos el Tao Te Ching, es una filosofía en el sentido de que los fragmentos de aquellos primeros pensadores griegos son vestigios de mucha experiencia, y aún más debate. Sin embargo, constituye asimismo una psicología profunda, que sitúa al ser humano en su contexto cósmico, le muestra una ética valiosa y estimulante, y ofrece interpretaciones conmovedoras del nexo entre la humanidad y el mundo infinito. Ningún conjunto de enseñanzas tan verdadero y completo se ha expuesto jamás en tan pocas palabras, salvo quizás el Evangelio de Jesucristo.

El Tao es un compendio de dichos notablemente concisos e impresionantes, que parecen provenir de algo más profundo que la individualidad, encarnando la sabiduría esencial de una raza o época. Sólo se oyeron entre pueblos antiguos, y Asia fue el origen para muchos de ellos. No se han visto entorpecidos por el incesante comentario de la arrogancia occidental, pues todo lo que hay en Oriente se filtra en discursos interminables. Lo que tenemos ahora es cosecha de grano dorado que nunca pierde brillo ni atractivo ante las añoranzas del corazón humano.

¿Qué es entonces el Tao? Generalmente se habla de él como "Camino", pero en realidad debiéramos decir "Transcurso". El libro análogo le describe a fuer de varios autores místicos: inefable, sólo sugerido por palabras, y exuda la naturaleza de grandes poemas, donde el significado se revela en parte y otro tanto permanece esquivo. Es abismático, intangible y causa de lo Verdadero. Su tesitura imprecisa oculta la forma, y existía previo a toda creación. La vida depende de ella y nutre todo en el mundo. Es lo indefinible que subyace a la personalidad, atrayendo y deleitando a la gente en sus vínculos.

El Tao es alfaguara invisible de donde proceden las cosas visibles; también el Gran Silencio, aquéllo de lo que emana todo sonido. Es Luz contra la que se despliegan las sombras variopintas que llamamos "vida". Está detrás de todo cambio y despliegue de lo Perfecto, responsable de todo poder, y sin embargo, es la superación del mismo sin esfuerzo.

La tan comentada "inacción" del Tao es relativa, como toda síntesis de la conducta humana. Se ha hecho rutinaria en la mentalidad occidental, al dictaminar que los procesos últimos del pensamiento conducen al "vacío", donde se extinguen ideas y pasiones, en lugar de ser una actividad con propósito. Algunos desarrollos metafísicos en Oriente y Occidente se desvanecen en abstracciones, pero si hay seres con los pies firmemente plantados en tierra, esos viven en China.

Según comprendo, el Tao es un aspecto de la vida no sólo chino, sino humano, y representa el sello vital distintivo en aquel país. Muestra una fase de la humanidad que trabaja por salvarse mediante creación y resignación, sumergidas en el proceso del mundo. Señala una dinámica perpetua de energía, la fuente inagotable de aliento y revalorización de lo familiar, y un órgano que trasciende la mortalidad en dichas facetas.

Tras vivir largos periodos en Japón, sé que reprimir la autoafirmación hasta cierto punto añade ternura a la fortaleza, siendo así un paso con rumbo al Nirvana. Con este conocimiento, vislumbro en el Tao muchísimo más que lo meramente "negativo". Se ha dicho que los sentidos son "portales taoístas" que dan al Cosmos, y una copla china de hace 1700 años expresa:

"Mi alegría es como si tuviera un reino.
Pierdo el cabello y me pongo a cantar;
a los hombres de las cuatro fronteras,
¡únanse a mi estribillo!"

Y la poesía japonesa es una larga cadena de testimonios del surgimiento precipitado del alma, para "mezclarse con el color y los tonos del Universo". Las enseñanzas Tao ejercieron hondas influencias en el carácter japonés; de hecho, todos los estudiantes locales se basan en quienes llaman Réshi, Késhi y Méshi (Lao Tzu, Confucio y Mencio). Al leer el Tao Te Ching una y otra vez, me sorprenden adagios que parecen brillantes condensaciones de fases cotidianas en la vida nipona:

01. "La máxima sabiduría consiste en saber, pero fingiendo ignorancia".
02. "Con los apacibles soy afectuoso, y a los malos enseño bondad, para que se rediman".

03. "Quien sabe cerrar no necesita candados, y con alguien así no abrirás nada".
04. "Cuando los guerreros se unen en batalla, vence quien alberga el motivo correcto".
05. "A quienes el Cielo desea rescatar, les circunda con gentileza".
06. "Hay tres gemas que valoro: cortesía, temperancia y humildad".
07. "Modera tu astucia y brillantez, aclara tus ideas y vive en armonía con la edad".
08. "Quienes arrebaten la existencia a otros, se lamentarán por ellos con profunda amargura".

09. "El Tao provee a toda buena persona, sin distinción".
10. "Cuanto más se aleja uno, menos sabe".
11. "Puedo ser transparente por todos lados, y continuar siendo desconocido".
12. "Pocos en el mundo saben impartir enseñanza silenciosa y lograr utilidad pasiva".

Sin duda, esta docena de preceptos no tiene parangón en nuestra literatura occidental sobre ética. Los encuentro arraigados en la vida y el carácter japoneses, y ciertamente, algunos se insinúan con timidez o expresan por quienes disfrutan de la ostentación. Pero todos son parte íntegra de la fe nipona, y cada uno me hace recordar anécdotas específicas.

El volcán extinto Myoko San cobija un balneario de aguas termales, y durante vacaciones de verano entablé amistad allí con un comandante naval que se había convertido al sacerdocio budista. En medio de la guerra decapitó a dos alemanes en Tsingtau, antes que supieran acerca del peligro inminente; entonces, el oficial se arrepintió y dedicaría mucho tiempo a la vida religiosa. Tenía tres hijos encantadores, una niña y dos chicos. De camino a su hogar en Kioto, le avisaron que el mayor murió por enfermedad, y me escribió diciendo que era un castigo por su crimen. Dos meses después leí otra carta breve y perturbadora: él también había muerto.

La literatura japonesa está repleta de pensamientos taoístas, y uno de los varios cotejos entre ese país e Inglaterra es que hay más taoísmo en obras inglesas de lo que jamás se ha traducido del chino, y en ámbitos donde menos se esperaría. Sir Richard Steele declaró: "Es un placer inefable conocer un poco del mundo, y no tener ningún carácter ni importancia en él". John Keats parecía reconocer un principio definido en su trova: "Abramos nuestros pétalos y seamos receptivos. La única manera de fortalecer el intelecto es no formarse una opinión [prejuicio] sobre nada". Y Emerson, como estudiante imbuido de orientalismo indio, muestra constantemente facetas del Tao, dándole un cariz constructivo: "Es un secreto que todo intelectual aprende rápidamente: más allá de su energía mental consciente, es capaz de nuevos bríos al abandonarse a la naturaleza de las cosas (...) se sumerge en la vida del Universo; su palabra retumba cual trueno, y su pensamiento es ley".

Con la moderna aproximación a patrones orientales, encontramos cada vez más pruebas de la supervivencia del espíritu taoísta. Aparecen pasajes por doquier en literatura inglesa que serían incomprensibles sin el comentario del Tao Te Ching; verbigracia, en The Sacred Wood, T. Eliot visualiza el arte no como expresión de personalidad, sino una muerte constante de ella. A la luz del Tao, dichos epítomes adquieren un significado claro, y en cuanto aplicaciones concretas, a su vez iluminan esa noble doctrina. Nos resulta difícil concebir una obra artística que no sea reflejo del autor, y eso es precisamente lo que le exigimos, pero hay un sentido en que las cosas renuncian a sus cualidades, para convertirse en ecos de planos superiores o insinuarlos. Al perder gradualmente su personalidad, un bloque pétreo se convierte en el sueño más exquisito de follaje marmolado, combinándose con la luz del sol mañanero que lo inunda, en una música perpetua de forma siempre cambiante, alrededor del lugar de descanso para una reina muy amada. ¿Y no es acaso esta personalidad insistente lo que ahuyenta nuestro deleite en todo verso, al que no llamaríamos "poesía"?

Si bien se reconoce plenamente el Flujo Cósmico, que algunos consideran la esencia del Tao, existen formas de Aquél que persisten y son tan importantes como las visiblemente variables. La formación de caracteres chinos, la transmutación de vida en formas de arte, la insistencia en mantener la propia posición -"reservando el protagonismo", en palabras de Nietzsche- mientras cedemos espacio a los demás, y la práctica del jujitsu, son contextos igualmente grandiosos cuales poderes latentes del polvo, o la sonrisa de un niño.

El Tao enseña una caridad sin límites, nuevas perspectivas propias y de nuestro lugar en el mundo, el descarte de ilusiones -especialmente aquellas que propician "vínculos sociales felices"- y el reconocimiento de que a menudo edificamos barreras innecesarias entre "ayer" y "mañana". Advierte contra el reposo improductivo y las consideraciones estáticas del pasado; incita a vivir el presente pleno, asimilando que lo pretérito fue un raudal de vida y no "piedras en el lecho seco de un río", y mencionando a Tagore, en derredor siempre existe ese flujo cuya hermosura, excelencia y posibilidades aguardan ser reconocidas, pletóricas de significado.

Esta verdad tiene efectos inmediatos en nosotros, y debería convertirse en el axioma central de todas las artes, desincentivando imitaciones serviles y obsecuencia a "lo habitual". El Tao perdería trasfondo si animara a centrarnos en tiempos anteriores, o autocondenarnos negando épocas y sus ideales. Puede que no nos lleve a cambiar ipso facto, pero insinúa que esta existencia y nuestro modo de vivirla no son todo lo que hay; participamos en un ritual que trasciende lo humano, cuyos valores, contenidos y objetos escapan a la comprensión diaria.

E.E. Speight
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