[Masatoshi Gensen Mori es japonés, cuyo reciente trabajo Buddhism and Faith ha concitado gran atención. Simpatizamos con el tema de su artículo, y coincidimos en general con los criterios vertidos.
Las normas éticas que enseñó Gautama Buda no son propiedad exclusiva de sus seguidores declarados, ya que representan el alma de todas las religiones, y como tales, pertenecen a todo país. Estos principios de conducta siguen vigentes en el budismo, aunque en otras creencias fueron sustituidos por rituales y dogmas. Es por dicho motivo, aparte de varios más, que recomendamos estudiar el legado del Despierto, practicable incluso en nuestra era de egoísmo y competencia diabólica, como bien señala el autor. La "civilización" moderna tiene mucho que aprender al respecto, extasiada por el pergenio físico del ser humano y la búsqueda de placeres o comodidades mortales. Gran parte de la lucha por subsistir y la fiebre modernista podrían aliviarse si adquiriéramos, al menos en cierta medida, el desapego budista por lo fugaz y evanescente, buscando refugio en conceptos magnánimos. Es interesante leer lo que sigue a la luz de esta cita por Madame Blavatsky:
"La suya [de Gautama] es la única religión absolutamente incruenta entre todas las existentes; tolerante y liberal, enseña la compasión y caridad universales, el amor y autosacrificio, la modestia y satisfacción con la propia suerte, sea cual sea. Nunca le han deshonrado actos persecutorios ni el yugo de la fe a sangre y fuego. Ningún dios que vomita truenos y relámpagos ha interferido con sus castos mandamientos; e indudablemente llegaría un periodo de paz y felicidad en todo el mundo si se adoptara el código sencillo, humano y filosófico de la vida cotidiana, que nos transmitió el Reformador más grande conocido" (Glosario Teosófico).-Editores].
Un célebre filósofo budista de Tokio advirtió recientemente a sus coterráneos contra la moda in crescendo de buscar fuera de uno mismo las vías para satisfacer anhelos propios, o minimizar las penas existenciales. El fenómeno es regular en Japón y otros países, pero viene acentuándose con el arribo de la civilización occidental. Mientras que antaño el pueblo aprendía a resignarse ante los efectos de su karma, hoy millones consideran un "derecho" y "deber" combatir esos males de la mejor forma posible, sin reflexionar seriamente sobre las causas. Un maestro de Dhyana sostuvo: "Apaga las llamas de tu mente, y te sentirás fresco y renovado en medio de un gran incendio"; sin embargo, esto no atrae a los japoneses modernos e imbuidos de ideas occidentales. Ignoran a quienes en apariencia "se someten al destino", agregando que las disciplinas científicas muestran el rumbo hacia "el dominio de la naturaleza". No se acobardan ante nada en su afán pueril por cambiar el entorno, pero aún permanecen insatisfechos con su suerte. Y no es de extrañar, porque en la locura para doblegar el mundo físico, han olvidado cómo controlarse.
Ahora podemos, hasta cierto nivel, reducir las molestias físicas originadas por condiciones climáticas y de otro tipo. La medicina y el saneamiento barren con múltiples patologías y prolongan la vida. Se aumenta la productividad y equilibra la distribución a través de métodos científicos eficientes. Son bienvenidos estos avances o mejoras en la civilización material, siempre que estén calculados para liberar energías humanas en pos de actividades más duraderas.
Sería un craso error acusar al budismo de "indiferencia" ante tales progresos. Uno de los principios cardinales de esta religión constituye el servicio social en los términos más elevados, y la historia japonesa relata muchos casos inspiradores en todos los estratos. Sin embargo, brindar bienestar material a los semejantes no es el verdadero fin de un budista. Tiene, por así decirlo, un doble propósito: no debe ser útil sólo con miras a obtener méritos para su alma, sino también lograr que otros aparten sus pensamientos de los problemas cotidianos más apremiantes, dirigiéndolos hacia ideas espirituales permanentes y allanando así el camino a la salvación íntegra. Por lo tanto, un budista no debe molestarse ni experimentar decepciones intensas frente a la ingratitud humana, porque la caridad contempla al unísono su propio beneficio espiritual y el alivio de otros.
Con frecuencia, el budismo ha sido interpretado negativamente, y achacándole "inadecuación" para el progreso. Se le atribuye "pesimismo", "fatalismo", "pasividad" y todo lo contrario a una era de competencia internacional. Nadie se atrevería a negar que el estado contemporáneo de las relaciones sociales y entre países dista mucho de ser aceptable, y sin duda lograríamos bastante para aliviar la fiebre de rivalidad y celos si se pusieran en práctica algunas enseñanzas "negativas" del budismo. Es totalmente arbitrario insinuar que esta religión "se opone a cualquier desarrollo o a la ciencia", o "tiene una intrínseca actitud negativa hacia la vida". Ya conocimos un ejemplo más positivo tras la práctica de la compasión, y agréguese ahora la forma negativa de los mandamientos budistas. El primero de ellos dice "no destruirás la vida", y siguiendo esto al pie de la letra, se llegaría a la estupidez de rehusar el empleo de vermicidas. Los productos antisépticos tendrían que prohibirse por implicar destrucción de innumerables bacterias, las formas más elementales de vida. Además, habría que dejar la patria a merced de invasiones foráneas, ya que combatirlas significaría "hacer la guerra". Dado que incluso una dieta vegetal requiere comer plantas, el resultado lógico del servilismo a la letra textual sería un suicidio lento e ignominioso. Pero la autodestrucción, ya sea por mano propia, hambre impuesta, enfermedades o plagas, sería en sí misma una clara transgresión de dicho mandamiento.
Este primer canon budista es realmente constructivo en espíritu. Los mejores maestros de Dhyana en Japón la explican así: "Debes valorar la vida, en ti mismo y los demás". Al desaprobar la biodestrucción innecesaria, implica en sí todas las demás prohibiciones, como son aquéllas respecto a maneras casquivanas, falsedades/calumnias y el consumo y la venta de bebidas alcohólicas, todos ofensivos contra la vida misma; así, el mandato de preservarla en todos los seres sensibles equivale a obedecer las leyes supremas del Universo.
El Dharma -conjunto de normas budistas- engloba las ordenanzas naturales, principal objeto de la ciencia moderna, e incluye las de tipo espiritual que están por sobre ellas y prevalecen en todas las relaciones humanas. Los imperativos e inhibiciones del budismo derivan su autoridad en última instancia del Dharma, con lo cual la budeidad abstracta se identifica como Dharma-Kaya. Tras siglos de luchas intestinas, los pueblos cristianos ortodoxos aún intentan concluir "tratados de paz permanente". El budismo se anticipó a esta declaración antibélica hace más de dos mil años con la primera de sus directrices, e interpretada positivamente, se transforma en el cimiento real de conductas piadosas, leales, fraternas, caritativas, eutrapélicas e incluso de autoacrificio, ya que pueden manifestarse cuando surge la ocasión si sabemos valorar la vida en obediencia a leyes espirituales excelsas.
Además, conocer el precio de la vida no implica necesariamente un miedo cobarde a la muerte física, pues ésta es necesaria para mantener incólume el brío espiritual. Por otro lado, la praxis mística puede terminar ignominiosamente en plena vida mundana, o seguir fuerte y pura varios años después del óbito. Sólo recordemos los parangones de Buda, Cristo y Confucio, quienes hoy están más vivos que muchos "sacerdotes", "filósofos", "influenciadores" o "moralistas" descarados.
Volviendo a la enseñanza búdica de autoconquista -contraria al modo occidental hacia la "autoafirmación" (causa aparente del predominio actual del hombre blanco)-, ese aspecto también es positivo en espíritu. La Primera Guerra Mundial evidenció que únicamente hay estragos mutuos cada vez que un régimen aspire a subyugar otros en armamentos y comercio, mientras los pensadores occidentales asimilaban la importancia primordial de la cooperación en vínculos sociales y entre naciones. La asistencia eficiente sólo puede asegurarse cuando individuos y colectivos estén dispuestos a subordinarse al Todo para el bienestar de todas Sus criaturas.
En consecuencia, la autoconquista en el budismo no significa "autoabandono" ni "humillarse". La clave es controlar el yo inferior/animal para expresar el alma interna y reunirnos completamente con el Espíritu del Universo. Incluso sin este profundo contexto -la Esencia Inescrutable de todas las cosas-, los insignes principios conductuales búdicos serían frecuentes en comparación con el esoterismo de muchos sistemas relativos a filosofía o ética. Sin el reconocimiento explícito o implícito de dicha Causa Infinita, todos los Budas y Bodhisattvas como Amitabha (Amida), Maha Vairocana (Dainchi), Avalokitesvara (Kwannon) y otros tan profundamente adorados por budistas japoneses estarían en peligro de caer al nivel de dioses mitológicos o fetiches. Sólo obtendrán el aprecio sincero de la mente moderna cuando se les reconozca a fuer de epítomes simbólicos o manifestaciones visibles del Infinito. Puede que en un futuro artículo abordemos ese gran tema, que implica las relaciones entre concreto/abstracto, emblema/sentido, y Budas individuales/Budeidad abstracta.
M.G. Mori