(NOTA: la totalidad de artículos estará disponible en breve).

3 de septiembre de 2026

Lo que tienen las religiones orientales para ofrecer a Occidente

(The Aryan Path, enero 1930).

[El nombre de C.E.M. Joad aparece quizás con mayor frecuencia en los principales periódicos y revistas londinenses, ya que goza de gran estima como autor y conferenciante. Fue becario John Locke de Filosofía Moral en la Universidad de Oxford (1914) y hoy está vinculado a la Universidad de Londres. Las contribuciones periodísticas incluyen sus libros-ensayo Common Sense Philosophy, Mind and Matter, The Mind and Its Workings, The Future of Life y The Great Philosopher, ampliamente leídos y debatidos por la intelectualidad británica.

Nos complace publicar el siguiente artículo, y coincidimos con el sugestivo mensaje central: Occidente, harto de sus propias ideas y esfuerzos vitales, debería volverse hacia Oriente. El fiasco de su civilización en el plano moral, referido por Joad, fue descrito por los Maestros teosóficos hace cincuenta años. Uno de ellos declaró en 1881: "El mundo entero, y en especial la cristiandad, demostraron ser un desastre, abandonados durante 2000 años al régimen de un Dios personal, así como a sus sistemas políticos y sociales fundamentados en esa idea (...). Enseñemos al pueblo que la vida en esta Tierra, incluso la más feliz, no es más que una carga e ilusión; que nuestro juez y la salvación en vidas futuras sólo se encuentran en el Karma, las causas que producen efectos, y la gran lucha por sobrevivir pronto perderá su intensidad".

Para la juventud asiática y especialmente de India, el artículo también insinúa que en vez de copiar los métodos cuestionables y fallidos de Occidente, desde Moscú hasta Hollywood, dejémosle mirar la sabiduría tradicional de Oriente, "despojada de los dogmas" acumulados a su alrededor. Damos la bienvenida a un escritor popular entre los jóvenes intelectuales de Gran Bretaña, y esperamos que el Aryan Path lo tenga entre sus colaboradores habituales.-Editores].

Es visible el malogro de creencias en el mundo occidental, y propongo darlo por sentado. Actualmente, está madurando una generación de hombres y mujeres para quienes la religión organizada carece de lógica, en el aspecto típico de la palabra. No suscriben sus dogmas respecto al gobierno supranormal del Universo, ni se esfuerzan seriamente por vivir la existencia que ordena. Su escepticismo es instintivo, pues no se trata sólo de que la mente occidental moderna rechace esta o aquella descripción del mundo esotérico, o atañente al propósito de la vida: niega la existencia de cualquier ámbito contrario al sensorial, y tampoco reconoce ningún objetivo más allá de los fines inmediatos de la vida cotidiana.

Resulta dolorosamente palmario que este mundo no es capaz de satisfacer nuestras aspiraciones, ni esta vida dotar de significado a la permanencia mundana. De ello se desprende que el occidental moderno tiende a ser cínico e indiferente, y al considerar la vida como una "aventura sin caminos" en medio del "Universo aleatorio", encuentra la razón de ser en procurarse gustos y apetitos. Donde todo es incierto, se abraza con lujuria la doctrina de "comamos y bebamos, pues mañana moriremos", a la vez concreta y definitiva. Siendo desconocido el futuro, es sensato aprovechar al máximo el presente que conocemos, y a un tiempo, nuestras consideraciones morales pierden su fuerza acostumbrada al verse desprovistas del respaldo sobrenatural. Creíamos que Dios se deleitaba con una buena persona, pero toda vez que la práctica virtuosa se identifica con "agradar al Altísimo", es difícil ignorar las respectivas consecuencias de su placer y disgusto. La mayoría de religiones se ocupa en magnificar estos corolarios con los tintes más vivos, haciendo muy complejo determinar en qué medida ese "comportamiento correcto" está guiado por el deseo de alcanzar la beatitud celestial y evitando el infierno perpetuo.

Es notorio que los premios divinos ya no atraen y los castigos infernales no disuaden con su fuerza prístina; los jóvenes se burlan francamente de ambos, y optan más o menos de forma unánime por las drogas y la libido, al no ver ninguna perspectiva de compensación espiritual en el otro mundo, por la moral que les ordena evitar esos caminos en éste.

El modo de vida, como secuela, resulta menos satisfactorio de lo esperado. La objeción a "vivir para el placer" es su carácter efímero; si lo repites, deja de ser placentero. El reparo a "poder hacer lo que deseas" es que pronto descubres que no hay nada que quieras concretar, por saturación de estímulos. De ahí el carácter "sin propósito ni sentido" en gran parte de la vida occidental moderna. Nos hemos rebelado con éxito contra todo tipo de gobierno y autoridad, pero sentimos desilusión con los frutos de esas revueltas. Hemos establecido que los dioses son ficciones, pero aún tenemos que aceptar las necesidades que crearon dichas quimeras.

En este callejón sin salida, ¿qué ayuda podemos obtener de la sabiduría tradicional de Oriente? Mucha, siempre que se deshaga de todos los dogmas pseudomísticos que pululan a su alrededor. Todas las religiones comparten la creencia de que el Universo es valioso, en un sentido fundamental y a pesar de todas las apariencias cambiantes, incluidos el mundo y la vida cotidianos. Inferimos entonces que éstos últimos no constituyen la única realidad; pueden, de hecho, ser simplemente máscaras o velos que ocultan un mundo subyacente. Además y practicando cierto tipo de vida, es factible quitarlos aunque sea oscuramente; en consecuencia, puede que valga la pena intentar vivir de ese modo ideal.

Y aquí, según entiendo, nos encontramos ante la verdad básica de todas las religiones orientales: para quienes viven en estado de agitación, son imposibles ciertos tipos de felicidad serena y durable, o los procesos intelectuales y creativos. Por esto, dichos credos insisten en el cultivo sistemático de la tranquilidad mental y la búsqueda consciente de estilos de vida específicos; en pocas palabras, establecen reglas para conseguir salud espiritual.

Al adoptarlas, obtenemos criterios de valor y normas con tal de ponderar nuestras actividades, un aspecto ausente del pensamiento occidental contemporáneo. Esa guía arroja luces en nuestras vidas al sugerir que sí importa cómo las vivimos, y no sólo para nosotros. Podemos equivocarnos dada la creencia de que algunos trabajos son "más valiosos que otros", pero sabremos que está mal y podríamos haber visto el problema desde otro ángulo. El plácito acerca del precio intrínseco en ciertas actividades surge directamente de la convicción sobre la valía fundamental del Universo, y a falta de ella, el mundo occidental carece del primero; de hecho, ya perdió el sentido de lo trascendente y se enorgullece por su capacidad para "obrar", sin discurrir si vale la pena. Su alardeada eficiencia puede describirse como "hacer mal las cosas de la manera correcta".

Ningún rasgo de la civilización occidental es más notable que el desajuste entre nuestra habilidad mecánica y sabiduría social, entre los poderes que adquirimos sobre la naturaleza y el uso que les otorgamos. La ciencia nos confirió potencias dignas del empíreo, y traemos a sus fines la mentalidad de los escolares. Pensemos en un mecánico al costado de un camino, reparando el carburador de su automóvil; se comporta cual superhombre debido al conocimiento complejo y su destreza práctica. Tiempo después, el mismo sujeto conduce a 200 kms./hora en un pequeño infierno de ruido, polvo y hedor, incapaz de recordar las normas de su país e impidiendo la apreciación de todos quienes se acercan a él, asumiendo ahora el rol de un idiota.

Docenas o cientos de genios talentosos se esforzaron para que existiera la radio. Lo lograron, y los chismes provenientes de divorcios mediáticos o zipizapes deportivos llegan al otro lado del mundo, mientras el éter vibra al son de músicas festivas. En tiempos bélicos, la medicina revela grandes pericias con tal de enmendar extremidades mutiladas, a la par con el agílibus de aquellos "estadistas" imbéciles que ordenan a la ciencia química hacer añicos a personas en el frente de batalla. En el conocimiento científico muchos son dioses, y monstruos pendencieros a nivel político o ético que juegan a parecer imbatibles.

¿Qué relación tiene la sabiduría de Oriente con todo eso? Consiste simplemente en recordar a Occidente que el conocimiento científico y su poder sobre la naturaleza carecen de valor ínsito, pues dependen por completo del uso que tengan. Sólo constituyen un beneficio si se destinan para promover una vida correcta; por lo tanto, primero es necesario definir qué implica una existencia ejemplar. Un filósofo oriental me decía: "Nos habéis enseñado a volar como pájaros y nadar en el océano a guisa de delfines, pero aún no sabéis cómo vivir en tierra".

Tomemos el caso de los medios de transporte. La aptitud de moverse rápidamente es una joya diamantina en la corona civilizatoria occidental; sin embargo, una de las razones para transitar de un paraje a otro es nuestra inconformidad de permanecer en algún sitio. Nos impulsa el rechazo hacia el lugar en que nos ubicamos, más que la atracción por lares desconocidos. Esto es particularmente cierto en el caso de estadounidenses acaudalados, quienes en constantes trajines parecen huir de "algo" que los acecha dondequiera que se encuentren. Esto proviene de un aburrimiento surgido de la incapacidad para distinguir qué cosas realmente valen la pena y esforzarse en conservarlas.

Consciente del peligro, Oriente predica la necesidad de forjar una mente tranquila, como demuestra el siguiente párrafo de un estudio taoísta: "Si alguien anhela demasiado, o trabaja al exceso y no descansa en buena hora, el producto será la enfermedad del tiempo (...). El primer paso en un candidato a la inmortalidad es mantener una vida pacífica y su organismo saludable, ya que mente y cuerpo no tienen defectos ni problemas inherentes".

En términos genéricos, diría que el occidental tiende a seguir insatisfecho a menos que tenga una razón positiva para ser feliz; un oriental, en la medida que sigue las enseñanzas de su religión, propende a la dicha excepto si advierte motivos que le hagan sentir desconsuelo. Entonces, la satisfacción es el principal regalo que Oriente puede ofrecernos, y sólo podrá justipreciarse por quienes han recuperado la convicción del valor fundamental de las cosas.

C.E.M. Joad
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