[Un estudiante de la Doctrina, que prefiere permanecer anónimo, viajó hasta Kingsley Hall y entrevistó a su fundadora. Allí se evidencia un espíritu teosófico, y en palabras de H.P. Blavatsky (Clave de la Teosofía, p. 186): "Todo teósofo está obligado a hacer lo posible para contribuir, con todos los medios a su alcance, a cualquier esfuerzo social prudente y bien meditado, que tenga como objeto aliviar la condición de los pobres. Dichos empeños tienen que realizarse con miras a su independencia social definitiva, o desarrollar el sentido del deber en quienes ahora tan a menudo lo descuidan en casi todos los aspectos de la vida".-Editores].
"Podemos hacer que nuestras mentes se parezcan al agua tranquila, con tal que otros se reúnan a nuestro alrededor para ver quizás sus propias imágenes, y por un momento vivir de modo más transparente o intenso, gracias a nuestra quietud" (W.B. Yeats).
El camino atraviesa algunas de las calles más miserables del Kast End londinense, y la penúltima representa el peor lugar. Es estrecha y rebosa de puestos informales, donde se encuentran vestimentas usadas en embrollo aplastante, y también comidas, carne, pescado, frutas y verduras, expuestos al polvo, las moscas y una miríada de otras influencias brutales. En las aceras cubiertas de tierra y escombros, van a empellones clientes demacrados y con hombros caídos, o rudos y ariscos. Un giro rápido a la derecha, después otro, y encontramos una torre empinada desprovista de adornos. Luego de dos o tres escalones hay un pórtico de piedra que conduce al "espacio de culto" que buscamos.
Resulta atípica la simpleza en el suelo de parqué con roble pulido, y las murallas cubiertas con igual madera, cuyos ángulos dirigen nuestra atención hacia la ventana oriente de cobre lustroso, y flores dispuestas para dar forma imaginaria al Santo Grial. La adorable modestia sería extrañamente hermosa en cualquier otro sitio menos aquí, con esas calles tan cerca... Pero es sublime, como las ideas que lo concibieron, pues la Religión de las Obras se convirtió en un emblema de 26 años de servicio en el altar de la humanidad.
A principios del siglo XX, Muriel Lester solía viajar con su familia en automóvil desde una bella casa de campo hasta la ciudad, para asistir a teatros y espectáculos misceláneos. El trayecto pasaba por Bow, un paraje imposible de soslayar porque desde ahí provenían los olores más repugnantes. Señala que entonces no tenía conciencia social, pero algunas amigas estaban interesadas en formar un centro que integraría más tarde, y supo de las nefastas condiciones laborales de jóvenes en fábricas. Junto a sus hermanos Kingsley y Doris se pusieron manos a la obra, primero en un chalet y después escuelas de párvulos, solicitando a los vecinos que les permitieran usar jardines.
"Uno empezó, haciéndolo por diversión", dijo Muriel en el amplio tejado de calcina del Kingsley Hall, parecido a una galería, con habitaciones traseras vacantes y comparables a celdas, y Poplar al frente. "Luego se convirtió en un deber, aunque detesto esa palabra. Muy pronto fue sólo por cariño. No podría haber soportado quedarme sin hacer nada". Miró las techumbres del East End con las manos fuertemente unidas, como hace dos mil años lo hizo otro Sirviente de la humanidad desde un balcón sobre Jerusalén.
En 1915 se fundó Kingsley Hall en memoria de su hermano. Antes solían reunirse allí bautistas sectarios, negadores de la "salvación gratuita" y del Cristo que "se sacrificó por todos los humanos", pasando a convertirse en el club fraternal de toda la comuna. Para 1923 y alentados por los progresos, se construyó la Casa de los Niños, lo cual es otra historia. El salón moderno surgió como resultado de una escuela de verano para ocho o diez personas cesantes, donde Muriel puso a prueba una de sus teorías.
"¿Te das cuenta de lo que realmente hace daño?", inquirió. "No es el desempleo, sino la falta de objetivos, el no tener nada que hacer". También pensó que a lo mejor responderían a guisa de los ciudadanos de clase media. Durante una semana vivieron juntos como familia: había ducha diaria, comida sencilla y visitas a bibliotecas, al zoológico y la Cámara de los Comunes, luego los cafés teatrales... "Todas las actividades incomprendidas por la gente trabajadora, que son comodidades burguesas habituales". Estudiaban juntos poesía inglesa y sus principios rítmicos, leyendo tanto o tan poco según quisieran. Y por la noche ponía la mejor música, preguntándose si estarían tranquilos. Así fue, y hubo silencios reflexivos durante varios momentos posteriores. "Siempre había algo que hacer. Sus rostros no llevaban expresiones lúgubres, y al concluir la semana parecían estudiantes felices".
Como secuela, el Kingsley Hall moderno se inauguró hace un año, siendo el arquitecto C. Cowles Voysey quien dio forma a las ideas de Muriel. Sobre el lugar de culto -siempre desprovisto de muebles salvo cuando es necesario, pues las butacas entran y salen por una trampilla oculta en el piso de parqué- hallamos el salón vasto y aireado, donde se reúnen los habitantes de Poplar con música, juegos y un espacio para comer de sencillez deleitable. Inmediatamente se encuentra la biblioteca, el lugar preferido entre los amantes de la lectura, y detrás el despacho en cuya puerta hay un cartel con las palabras de Yeats citadas al principio de este artículo, con la cocina y otras habitaciones propincuas. Un costado del refugio tiene piezas tipo celda para mujeres y otro donde permanecen los hombres. En las esquinas se yerguen salas de estar, y vemos un jardín en la azotea con una de las fuentes de Gilbert Bayes.
Sosteniendo que "nadie debería poseer lujos hasta que todos tengan cubiertas sus necesidades" (1), Muriel destinó ingresos propios a un Fondo Fiduciario que brinda ayuda a los pobres de Poplar en momentos de extrema necesidad. De nuevo, esa es otra historia. Al igual que sus compañeros de trabajo, tanto ricos como muy desvalidos, sólo cuenta con una asignación de 4 chelines y 6 peniques semanales para ropa, y 2 chelines 6 peniques que cubren gastos fortuitos, provenientes de colectas en el salón y otras instancias. Ocho o diez de estas personas -la cantidad varía- conviven como una familia, alojadas con austeridad y nutridas de modo sencillo, sirviendo a quienes llegan a esta casa espiritual, donde todos comparten labores domésticas y faenas similares.
[(1) N.del T.: En el siglo XXI observaríamos: "Nadie debería poseer lujos hasta que todos renuncien a tener abundancia, fama, prestigio o poder inmerecidos y sin actuar limpiamente"].
“El lugar de culto” no es una iglesia en el sentido típico. “Soy la ministra; caso parejas y entierro fallecidos”, dijo Muriel, y con ella el nombre de ese cargo recupera su hermoso significado de antaño, generalmente desconocido en estos días de sacerdotes con estipendios. El servicio incluye lecturas de obras y autores clásicos como la Biblia, Tagore, Carpenter, Wordsworth y Shaw; música, liturgias compuestas por los mejores elementos de diversos credos, y períodos de silencio meditativo. El hijo de Rabindranath Tagore declaró que, fuera de India, se sentía mejor en uno de estos lugares que cualquier otro, añadiendo: “Cuando escuchamos algo hermoso, nos gusta reflexionar sobre ello, y eso es lo que encontré aquí”.
Kingsley Hall tiene celebridad internacional, y se evidencia mediante emblemas puestos a la izquierda de la entrada principal del lugar de culto. Son ladrillos de papel colocados por líderes de Oriente y Occidente: Lady Chatterjee por India, Cricklow Chen en nombre de China (los vínculos más fuertes se dan con estos países, gracias a los amigos que hay en cada uno), John Galsworthy representando a la literatura, Sybil Thorondike que simbolizó al teatro, J. Douglas Watson en memoria de "Su Excelencia Lester por la expansión del Reino de los Cielos", Lady Clare Annesley como signo del servicio, y Maxwell Garnett por la Hermandad Mundial.
La influencia de esta Religión de Obras se extiende mucho más allá de Poplar. Durante la guerra, varias mujeres vestidas de negro caminaron en fila por las calles de Londres hasta el Parlamento, con una carta dirigida al entonces Primer Ministro Bonar Law, protestando contra la idea de permitir que murieran de hambre niños de países enemigos. Más recientemente, en la exhibición aérea de Hendon, cuestionaron si la gente se percataba de que dicho desfile connota muerte y nunca "vida". Muriel contrastó las discapacidades de personas tan cercanas a ella con otras de clases ricas y medias.
-¿Entiendes las doctrinas orientales de Reencarnación y Karma?
Ella asintió. Estuvo casi un año en India, compartiendo con hindúes de manera muy cercana, y conoció a Rabindranath Tagore y Gandhi, de quien afirma es "el hombre más grande en esta Tierra".
-¿No crees que estas enseñanzas explican el origen de discapacidades?
-Me temo que no puedo comprenderlo.
-¿Por qué?
-No estoy en contra de eso. No creo que se pueda explicar todo lo que pasa en el mundo, o si realmente aquéllo importa. Me horroriza la gente que esgrime interpretaciones para todo. Prefiero que algo sea desconocido, a que se explique de una manera que no me satisface. Todo tiene su misterio, y me gusta así.
-¿No sientes que el ser humano posee el conocimiento y la verdad en sí mismo, y por lo tanto, puede lograr certezas respecto de cualquier tema? ¿Piensas que puedes encontrar la verdad mediante la Religión de las Obras? ¿Cuál es, por ejemplo, el propósito final de lo que haces aquí?
-Construir el Reino de los Cielos, aquí en Poplar. Sustituir las leyes del Estado por las de Cristo. Soy mística, pero los religiosos deben ser muy, muy prácticos.
En respuesta a otra pregunta, aseveró: "Pienso que Cristo comprendía la naturaleza. Se trata de no despreciar jamás a nadie, de ser siempre humildes y estar listos para recibir la nueva luz cuando llegue y de quien sea".
-Tal vez la nueva luz para ti sea el conocimiento de la Reencarnación y el Karma.
-Quizás el nuevo resplandor para mí sea la humildad. Nuestros trabajadores sociales y líderes políticos corren el riesgo diario de perder sus almas. Se consideran muy "superiores" al resto de nosotros. Nadie está realmente por encima de sus semejantes. Si nos distanciamos de otros, perdemos nuestra humildad. Los demás nos enseñan tanto como nosotros a ellos.